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Los feminismos son urgentes y vitales para pensar en modelos económicos y de desarrollo que pongan en el centro la vida y el cuidado. | EFE

Conversaciones íntimamente políticas alrededor de los feminismos

El tejido de nuestras voces revela preguntas, tensiones y trayectorias que habitan en los feminismos presentes y que interpelan, no sólo a las mujeres, sino a toda la humanidad.

Este texto nace de la conversación entre tres mujeres que nos reconocemos como feministas. Hicimos una pausa dentro de la prisa cotidiana y nos sentamos a hablar en torno a una pregunta que nos atraviesa: ¿cómo hemos habitado y transitado el feminismo en nuestros cuerpos, afectos, trabajos y decisiones cotidianas?

El formato del texto resume las reflexiones que cada una, y en conjunto, construimos para responder a esta pregunta. En un ir y venir entre lo personal y lo político, resaltamos la individualidad de nuestras voces y simulamos, a través de la escritura, la conversación que tuvimos. Nuestras trayectorias se entrelazan y se abren a las genealogías de los feminismos de América Latina y el Caribe que nos preceden. 

Myriam:

Una de las reflexiones que emergió con más fuerza, al escucharnos sobre nuestras experiencias situadas de feminismo, fue la tensión persistente entre lo que somos y lo que se espera que seamos; la distancia entre nuestro ser auténtico y los mandatos que nos anteceden, algunos de los cuales aún circulan globalmente, casi intactos.  

Pensé en la autenticidad, esa necesidad humana fundamental, que se diluye cuando el deseo de aceptación prevalece sobre la de ser uno/a mismo/a y opaca partes de lo que somos. Los feminismos me han permitido pensar, sentir y actuar más allá de las divisiones rígidas que imponen nuestras sociedades pero, tampoco están libres de mandatos: “Mujer, no llores, lucha”, decía un cartel. ¡Sé fuerte!, ¡denuncia!, dictan los sistemas, mientras internamente nos susurramos: “que no se te noten las dudas, el cansancio, los miedos”.

Muchas mujeres -sobre todo en espacios mixtos- evitamos mostrarnos vulnerables. Es comprensible: en nuestra sociedad la vulnerabilidad rara vez se valora como fortaleza. Controlar emociones y la subjetividad ha sido, no sólo un camino para “hacerse hombre» sino una estrategia para convertirnos en defensoras de derechos en contextos cada vez menos centrados en el estándar heterosexual, pero que siguen siendo profundamente patriarcales.

Cuesta reconocer cómo la falta de autenticidad afecta nuestra salud física y mental.. En mi trabajo terapéutico en Ecuador, noté que muchas feministas mostramos mayor resistencia a aceptar nuestra vulnerabilidad y, en Colombia, encontré a compañeras trabajando en derechos humanos mientras enfrentan inflamación severa por estrés o, llevaban embarazos “de bajo perfil” para no afectar “la productividad”.

Reconocer que también somos vulnerables nos ayuda a cuidarnos mejor, pero nuestras ganas no alcanzan si el mundo no reconoce la fragilidad como una fuerza humana. Necesitamos integrar lo psicológico con nuestra realidad social. El enfoque psicosocial permite entender que nuestra salud mental, desempeño y relaciones están marcadas por el contexto en el que vivimos. Aplicar esto significa que el cuidado puede ser una práctica compartida en el trabajo y en la vida cotidiana.

También implica que “los asuntos que nos preocupan a las mujeres” dejen de ser secundarios o solo nuestros. Hablar de cuerpo, emociones, cuidado, sexualidad, instrumentalización de las personas o de la naturaleza, redistribución de las responsabilidades, igualdad pública y privada o identidad, no son cuestiones menores en un contexto global en el que los derechos construidos por siglos se desmoronan. Estas cuestiones están en la base de los llamados asuntos públicos: justicia climática, fiscal, paz, democracia, cooperación, derechos, etc.

Anyer:

Soy una mujer chocoana. Crecí en un hogar con roles marcados: hombres proveedores, mujeres cuidadoras y yo, quien recibía los cuidados. Desde ahí identifiqué roles de género, sin saberlo.

Al reconocer que no existe un único feminismo, entiendo que los feminismos nacen de las mujeres en toda su diversidad. Desde nuestras experiencias identificamos desigualdades derivadas de una sociedad que impone roles distintos para hombres y mujeres. Pero, ¿nos atraviesan los feminismos a todas por igual?

Sara Ahmed, en Vivir una vida feminista, muestra cómo el conocimiento se construye desde nuestro lugar, incluso desde la mesa familiar. En el Chocó, resistiendo al racismo estructural y al abandono estatal, mi abuela sostiene el hogar: cuida y realiza labores domésticas. Mi abuelo trabajaba y proveía, y mi tía desafía mandatos tradicionales siendo proveedora y mi principal cuidadora. Yo recibía los cuidados, sobre todo de las mujeres.

En conversaciones con mi abuela, me dijo: “si yo hubiera sido una mujer estudiada no hubiera tenido tantos hijos” (a sus 80) y “estoy viviendo mi juventud, antes no la tuve” (a sus 90). Al escucharla, escuché a muchas mujeres chocoanas: la imposibilidad de decidir sobre sus cuerpos y una juventud negada por el trabajo y el cuidado sin descanso. Estas experiencias no son aisladas: dialogan con las de otras mujeres del sur global, marcadas por las desigualdades estructurales que limitan su autonomía.

En las familias afrodescendientes, los feminismos traspasan los roles de género. La interseccionalidad –categorías como el racismo, la clase y el género se entrecruzan– atraviesa nuestras vidas. Las dinámicas familiares no se interpretan únicamente desde roles de proveedores y cuidadoras. Las brechas económicas, sociales, geográficas y raciales limitan el acceso a derechos fundamentales y obligan a trabajar desde edades tempranas. Al tiempo, muchas mujeres, asumen labores de cuidado –la mayoría no remuneradas–, generan ingresos y, si estudian, enfrentan dobles o triples jornadas que restringen su derecho al descanso, al placer y a proyectos propios.

Por eso, los feminismos no pueden separarse de la lucha contra el racismo, la desigualdad racial estructural ni de clase.

Conocí sobre feminismo a través de organizaciones con miradas blancas y occidentales, donde la interseccionalidad es casi inexistente y las experiencias de mujeres racializadas quedan en segundo plano. Luego, junto a otras mujeres afrodescendientes, me acerqué a los feminismos decoloniales y afrofeminismos. Entendimos que no existe un solo feminismo: no todas lo vivimos desde el mismo lugar. Muchas hacemos feminismo sin nombrarlo: al cuidar mientras trabajamos o al sostener comunidades empobrecidas y marginadas.

Nombrar las desigualdades raciales y estructurales es parte del compromiso feminista. Para mí, ser feminista es reconocer la intersección de opresiones y contribuir a cerrar brechas. Desde donde habito –mujer, afrodescendiente y abogada– no puedo hablar de feminismos sin hablar de racismo.

El feminismo será antirracista o no será.

Margarita:

Nací y crecí en Bogotá, pero mis abuelas/os y bisabuelas/os eran campesinos cafeteros. Aunque yo vivía en la ciudad y poco entendía sobre la cotidianidad de las fincas cafeteras, por las historias de mi familia, y por lo que lograba observar en mis esporádicas visitas a la finca, pronto vi cómo, en el campo, las decisiones sobre la tierra, los recursos y las vidas de las mujeres las tomaban los hombres. En ese contexto profundamente patriarcal, las mujeres cuidaban a sus familias y vecinos, sembraban los cultivos que permitían a la gente alimentarse todos los días, y sostenían la vida en las casas. Sin su labor diaria, las fincas cafeteras no hubieran podido operar diariamente, pues los trabajadores no tendrían alimento y el cuidado que se necesita para vivir. Pero esa labor, tan vital, cotidiana y urgente, no era reconocida. De hecho, siempre se decía que las mujeres no hacían nada; que se quedaban en la casa y que dependían del trabajo de los hombres que eran quienes, supuestamente, sí sabían trabajar la tierra. 

Desde el feminismo, he podido entender que la tierra tiene todo que ver con el feminismo y el feminismo todo que ver con la tierra, porque los sistemas extractivos de la tierra se sostienen sobre arreglos de género patriarcales y porque son las mujeres quienes han defendido aguerridamente nuestros derechos al agua, a la tierra y al territorio para que vivamos mejor. 

Actualmente, en América Latina y el Caribe vemos el auge de megaproyectos extractivos, que buscan sacar materias primas de nuestros territorios y apoderarse de grandes extensiones de tierra para suplir cadenas económicas en el norte global. En el corazón de los extractivismos y megaproyectos está el patriarcado, pues, por un lado, las mujeres sostienen el trabajo de cuidado diario que permite a los megaproyectos instalarse y operar en los territorios; y, por otro, el avance de los extractivismos y el acaparamiento de tierras suele venir acompañado de la militarización de los espacios, lo que incrementa los riesgos de violencia sexual hacia los cuerpos feminizados.

En este contexto, considero que el feminismo es urgente y vital para pensar en modelos económicos y de desarrollo que pongan en el centro la vida y el cuidado. Los siglos de lucha de las mujeres indígenas, afrodescendientes y campesinas por defender la vida y la tierra me inspiran a imaginar futuros posibles que desafíen los extractivismos y abran el camino para, como dice Federici, “re-encantar el mundo”, al pensar nuestras vidas por fuera de las lógicas extractivas y patriarcales, y poner en práctica nuevas formas de organizar colectivamente los cuidados y de sostener la vida con dignidad y goce. 

Reflexión final

El tejido de nuestras voces revela preguntas, tensiones y trayectorias que habitan en los feminismos presentes y que interpelan, no sólo a las mujeres, sino a toda la humanidad. La vulnerabilidad, el cuidado, la interseccionalidad, el goce y la relación con la tierra, no son asuntos “de mujeres”, sino temas profundamente humanos y urgentes que el feminismo sigue colocando en el centro de sus luchas y que nos invitan a explorar posibilidades creativas de repensar cómo queremos vivir y sostener la vida en común.

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