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“En el régimen neoliberal de la autoexplotación uno dirige la agresión hacia sí mismo. Esta autoagresividad no convierte al explotado en revolucionario, sino en depresivo”, dice el filósofo Byung-Chul Han. | Canva

La sociedad del rendimiento nos impone felicidad y ocupación para evadir el dolor. Pero el amor y la tusa resisten: solo un corazón roto y abierto puede sentir compasión y escapar de la autoexplotación disfrazada de libertad.

La sociedad del rendimiento nos impone felicidad y ocupación para evadir el dolor. Pero el amor y la tusa resisten: solo un corazón roto y abierto puede sentir compasión y escapar de la autoexplotación disfrazada de libertad.

Una sociedad del rendimiento, una sociedad del cansancio, una sociedad supuestamente libre donde todos podemos ser lo que o quien queramos. Una sociedad sin tiempo para la tristeza, sin tiempo para sufrir. “Supera el dolor de la pérdida”, nos dicen; “distráete con algo”, con más trabajo, por ejemplo. Consejos inocuos que no nos dejan tener la sabiduría de un corazón roto, como lo dice el maestro budista Trungpa Rinpoche. Solo un corazón roto y abierto al mundo puede amar realmente. Solo un corazón vulnerable, en cierto sentido entusado, puede sentir compasión real. 

La fórmula más fácil de olvidar a alguien amado, o de “superar” el dolor, es ocuparnos en todo momento. Buscamos la felicidad en sustitutos. La buscamos ocupándonos laboral o académicamente, saliendo más, inscribiéndonos en más cursos para estar distraídos, entre otras actividades. Escapando y huyendo de nuestro dolor. Incluso, competimos unos con otros sobre quién es más feliz o quién hace más cosas para superar una pérdida. Aunque claro, es una felicidad vacía. Nos sometemos a un autodisciplinamiento o autoexplotación para pasar la Tusa.

La Tusa nos invita al descanso y a la reflexión.  Pero bajo el pretexto de libertad, lo que hacemos es autoimponernos un sinfín de actividades y ser productivos, para “salir de la Tusa” y no pensar en ello. La “psicopolítica” operando en todo su esplendor. Según el filósofo Byung-Chul Han, las personas se vuelven esclavas absolutas “en la medida en que sin amo alguno se explota a sí mismo de forma voluntaria. No tiene frente a sí un amo que lo obligue a trabajar”. Y es que el capitalismo actual no necesita de un tirano que nos discipline para que seamos dóciles empleados o respetuosos ciudadanos de un sistema injusto. Lo hacemos nosotros mismos creyendo que somos supuestamente libres.

Por supuesto, esto lleva al agobio por no descansar y no sentir los sentimientos que debemos sentir en medio de una Tusa, cualquiera que sea su causa. Nos cuestionamos si es correcto autoexigirnos en ser productivos y estar ocupados, o si lo correcto es simplemente descansar y no hacer nada. En medio de este dilema, nos autoagredimos, con las respectivas consecuencias emocionales y psicológicas que esto conlleva. Dice Han: “En el régimen neoliberal de la autoexplotación uno dirige la agresión hacia sí mismo. Esta autoagresividad no convierte al explotado en revolucionario, sino en depresivo”. 

La forma en que sobrellevamos la Tusa ejemplifica la transformación del capitalismo. De un sistema que nos disciplinaba, a uno donde nosotros, supuestamente con libertad, decidimos ocuparnos. Pero nada más lejos de la libertad. La carga de ser productivo, mejorar, ser feliz por medio de la acumulación de riqueza y títulos, y estar constantemente ocupados pasa a cada uno de nosotros. La exigencia se vuelve propia y el jefe explotador pasa a ser uno mismo.

Pero como lo decía la gran Emma Goldman, el verdadero amor es libre. Por más que intenten cooptarlo con reglas, por más que nosotros mismos nos impongamos reglas para no sentir, el amor se resiste a ser regulado. El cuerpo nos llama al descanso, en un instinto de amor hacia nosotros mismos completamente puro y descarnado (o encarnado más bien). El verdadero amor nos llama a sentir la tusa contemplativamente, fuera de la ética de la productividad y el éxito. El amor es libre.


Columna escrita por Juan David Cabrera, coordinador Legal, y Alejandra Mosquera, pasante en Dejusticia

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