Al comienzo, la especialidad de los miembros de FUCAI no era la alimentación, ni la salud, ni el agua. Sus fundadores eran especialistas en educación intercultural bilingüe. Formaron 800 docentes y directivos, escribieron textos y programas. Pero en Asamblea de autoridades indígenas se los exigieron. Así que “volvieron al machete, el palín y el hacha”, me cuenta Ruth. Saben que tienen que conocer de suelos, de semillas, de cultivos, de peso y talla, de nutrición y de cocina nativa para poder hablar de hambre cero y soberanía alimentaria. “Vamos a donde nos llaman. Nos dicen qué quieren y para qué lo quieren. Establecemos acuerdos y compartimos responsabilidades. Siempre siguiendo los principios de la pedagogía del amor y con un alto nivel técnico”, apunta orgulloso Adán Martínez, uno de los fundadores de FUCAI.
Más adelante les pidieron contribuir con el fortalecimiento del gobierno comunitario de los pueblos indígenas. Acompañaron la construcción de planes de vida y planes de manejo ambiental. Han formado a más de 500 líderes, autoridades y guardias indígenas y han ayudado a legalizar territorios y organizaciones. Sergio Martínez, coordinador de proyectos, dice que “los equipos de FUCAI hacen lo que no saben hacer, con la convicción de que se puede hacer”. Lo que no dice es que además lo hacen bien. Han ganado el premio Bartolomé de las Casas entregado por Casa de las Américas y han sido reconocidos por Telefónica España como una de las 10 mejores prácticas de transparencia. Ruth, además, fue reconocida con el premio Mujer Cafam en el 2011.

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La abundancia
De la mesa, Luz Dary Mojica toma el cesto. Viene de Nazareth, un resguardo indígena Tikuna en la margen del río Amazonas, a una hora de Leticia. Es gestora ambiental en la fundación y técnica bilingüe. Trabaja con niños reforestando la selva quemada. El cesto tejido que tiene en sus manos habla de la abundancia, dice. Recuerda lo que enseña a los niños con los que trabaja: “todos somos ricos, aunque digan que somos pobres”.
Antes de irnos, nos regalan bolsas de fríjoles nativos, cultivados en La Guajira. Eran los excedentes de una cosecha que la fundación había promovido. Todavía me quedan algunos en casa: pequeños, marrones, con un puntito blanco en la punta. Me sorprende saber que vienen de una tierra árida. Ruth, hablando de la posibilidad que tiene la gente de resolver sus problemas, dijo “todos tenemos las semillas”. Dijo también que es preciso retomar la fuerza y la dignidad y trabajar con gozo y disfrute para que las semillas crezcan.
FUCAI, desde el respeto y la acción amorosa, ha ayudado a mostrar esa profusión y esa potencia de ideas, de comida, de saberes, de plantas y de soluciones que están en los pueblos y las tierras indígenas. Con su mirada generosa y sensible, ha sabido reconocer la abundancia que siempre duerme en las cosas.

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(*) Investigadora de Dejusticia
(**) Este artículo hace parte del especial #TejidoVivo, producto de una alianza periodística entre el centro de estudios Dejusticia y El Espectador.