Borders and Global (Dis)Order
Mauricio GarcÃa Villegas September 5, 2015
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Borders are in crisis.![]()
Borders are in crisis.![]()
Cientos de miles de refugiados intentan llegar a Europa desde Siria; las guerras civiles en Oriente Medio están cambiando el mapa de los paÃses; el candidato presidencial Donald Trump propone construir un muro en la frontera con México y, para no ir muy lejos, Colombia y Venezuela están a punto de romper relaciones por causa de sus lÃos fronterizos.
Esta crisis es una manifestación de un problema más profundo y más difÃcil de resolver: el de un orden mundial diseñado a partir de Estados soberanos en medio de un planeta interdependiente. Es como tratar de gobernar un paÃs con sus alcaldes. Hoy es evidente que problemas como el calentamiento global, los paraÃsos fiscales, los refugiados, la dispersión de armas nucleares, la deforestación y la extinción del mundo salvaje dependen de variables globales que ningún Estado, por fuerte que sea, es capaz de controlar.
La crisis ha traÃdo consigo, paradójicamente, el fortalecimiento del nacionalismo. Eso está ocurriendo no solo en Europa y en los Estados Unidos, con el avance de los partidos de extrema derecha, sino también en el mundo árabe con el creciente fundamentalismo islámico. La crisis también ha puesto en claro la indolencia de buena parte de los paÃses europeos frente a los refugiados que llegan de Siria, lo cual indica una especie de reblandecimiento moral de la dirigencia europea.
El hecho es que, mientras los desafÃos que enfrentan los Estados se han vuelto más globales, los mecanismos institucionales para resolverlos se han vuelto más locales. En lugar de evolucionar hacia la concentración del poder regulatorio, en cabeza de instituciones internacionales eficaces, vamos hacia la dispersión del poder estatal: a principios del siglo XX habÃa menos de 80 paÃses, hoy tenemos casi 200. Para ser manejable, el mundo deberÃa tener hoy unas 10 o 20 confederaciones de estados, vinculadas por un derecho internacional legÃtimo y eficaz. Muchos analistas internacionales, incluso muchos gobernantes, saben que el único orden mundial posible debe ir por esa vÃa. Sin embargo, dada la enorme dificultad que representa lograr ese objetivo, se rinden ante la utopÃa y prefieren intentar pequeños arreglos cosméticos al sistema actual. Esta combinación de pragmatismo y fatalismo nos está conduciendo hacia el abismo.
América Latina es un buen ejemplo de esta actitud miope e incapaz de pensar su futuro sin las ataduras mentales del pasado. El sueño de una América hispana sin fronteras, fundado no solo en razones culturales, sino en el interés polÃtico y económico que tendrÃa una gran región latina unida (hoy con más de 600 millones de habitantes), se ha perdido. Más aún, como lo muestra bien César RodrÃguez en su columna de esta semana, el apoyo episódico y por conveniencia (no por convicción, ni por razones jurÃdicas) que los Gobiernos latinoamericanos, empezando por el colombiano, le dan a la OEA y a la CIDH, es una muestra de que vamos por el camino contrario al de la integración. Ni siquiera la idea de salvar la AmazonÃa, una de las esperanzas de la humanidad, es un motivo para hablar (solo hablar) de unidad. El único gran lÃder que se refiere a esto es José Mujica, quien se ha convertido en una especie de conciencia moral del continente.
Asà pues, la crisis actual de las fronteras es un sÃntoma de la creciente incapacidad de los Estados, comenzando por los de América Latina. Estamos tratando de evitar, en pleno siglo XXI, una catástrofe planetaria (ecológica, humanitaria, bélica o todas ellas juntas) como si estuviéramos a mediados del siglo XX y con instituciones regulatorias propias del siglo XVIII. Asà no se puede.
