Skip to content

|

The court hearing tomorrow, in which the Ecuadorian cartoonist Xavier Bonil (also known as Bonil) could be convicted, evinces the Correa administration’s growing intolerance against satire and civil liberties.

The court hearing tomorrow, in which the Ecuadorian cartoonist Xavier Bonil (also known as Bonil) could be convicted, evinces the Correa administration’s growing intolerance against satire and civil liberties.

Si explicar un chiste no tiene gracia, tener que rectificarlo es una desgracia. Mucho mÔs para un sÔtiro profesional como Bonil, el popular caricaturista ecuatoriano. MÔs aún si el precio es US$180.000. Cuando los gobernantes y las leyes no toleran el humor, los chistes pueden salir caros.

A las 9 a.m. de maƱana, Xavier Bonilla, Bonil, comparecerĆ” ante la Superintendencia de Información y Comunicación (Supercom) de Ecuador, para responder por una caricatura que publicó en agosto pasado en el diario El Universo. El dibujo se mofaba de AgustĆ­n Delgado —parlamentario correĆ­sta y exjugador de la selección nacional de fĆŗtbol—, por trastabillar al leer un discurso ante la Asamblea Nacional y las cĆ”maras de televisión.

No es la primera vez que la Supercom va tras Bonil. Hace un aƱo, el caricaturista y su diario fueron multados por US$90.000 y obligados a rectificar por una viƱeta que satirizaba el allanamiento de las oficinas de un miembro de la oposición polĆ­tica que habĆ­a hecho denuncias de corrupción contra el Gobierno. SegĆŗn la Supercom, la caricatura ā€œno corresponde a la realidadā€ y ā€œestigmatiza la acciónā€ de quienes aparecen en ella (los policĆ­as y fiscales que hicieron el allanamiento). Dijo lo obvio, porque en eso consiste una caricatura. Si correspondiera a la realidad —si no la distorsionara, la exagerara o la invirtiera— serĆ­a un retrato. Si no estigmatizara la conducta humana —si no la cuestionara con agudeza y humor— nada la justificarĆ­a, porque nada la distinguirĆ­a de la noticia.

Sin esas diferencias se marchitan la crítica y el humor. Osuna habría quebrado a El Espectador. Daniel Samper Ospina, Vladdo y Semana pasarían su tiempo en los tribunales. La Luciérnaga se apagaría y a Jaime Garzón no lo habrían matado los paramilitares, sino la autocensura.

Son diferencias esenciales para la democracia y la libertad de expresión. De ahí que las cortes independientes, desde el Tribunal Europeo de Derechos Humanos hasta la Corte Interamericana y la Corte Constitucional colombiana, distingan entre la libertad de información (que estÔ sujeta al deber de veracidad) y la libertad de expresión (que no lo estÔ). Y reconocen una latitud mayor para las opiniones sobre funcionarios públicos, por ser contrapesos frente al poder de estos.

Entre todas las formas de opinión, el humor y la sĆ”tira son las mĆ”s libres, y con frecuencia las mĆ”s contundentes. ā€œLa sĆ”tira es el arma mĆ”s eficaz contra el poder: el poder no soporta el humor, ni siquiera los gobernantes que se llaman democrĆ”ticos, porque la risa libera al hombre de sus miedosā€, dijo alguna vez DarĆ­o Fo, el comediante y dramaturgo italiano ganador del Nobel de Literatura.

De modo que el humor es un termómetro de la democracia. Así lo muestra la evolución del gobierno de Rafael Correa, cuya intolerancia creciente ante la sÔtira ha ido de la mano con la erosión de las libertades y el Estado de derecho.

El recuento mĆ”s lĆŗcido que conozco de la ā€œrevolución ciudadanaā€ es el que le escuchĆ© en Quito a MarĆ­a Paula Romo, la destacada integrante de la Asamblea Constituyente por el movimiento de Correa. La primera etapa fue la del gobierno progresista y demócrata que desembocó en la notable Constitución de 2008, que garantizaba las libertades civiles y aƱadĆ­a un catĆ”logo ejemplar de derechos económicos y ambientales. Correa parecĆ­a lograr la cuadratura del cĆ­rculo: una apuesta decidida por la igualdad sin erosionar las libertades bĆ”sicas. HabĆ­a razones de sobra para estar de buen humor y admirar el proyecto ecuatoriano.

El año 2011 marcó un giro personalista y vertical del Gobierno, que cambió el humor de la revolución ciudadana y su actitud frente a los críticos. La reforma a la justicia de ese año alineó a los tribunales con el poder Ejecutivo, como lo documentamos en un estudio de DPLF, Dejusticia y el IDL. Con ella se abrió un período de reformas y acciones que han debilitado los controles democrÔticos, desde el derecho a la protesta (limitado por leyes penales sobre terrorismo que se han usado contra movimientos sociales) hasta los derechos políticos (restringidos por talanqueras legales y administrativas a los partidos y movimientos de oposición).

De esta Ć©poca viene la norma que tiene en aprietos a Bonil. La Ley OrgĆ”nica de Comunicación de 2013 impone tantos y tan duros controles a los medios y la libertad de expresión que ha sido llamada la ā€œLey Mordazaā€. La ley establece faltas tan vagas (como el ā€œlinchamiento mediĆ”ticoā€ a un funcionario cuando un medio lo cubra crĆ­ticamente de forma repetida) y requisitos tan invasivos (como el deber de los medios de contratar un veedor elegido por un procedimiento fijado por el Estado) que en la prĆ”ctica le da vĆ­a libre al Gobierno, a travĆ©s de la Supercom, de censurar directa o veladamente las informaciones y opiniones crĆ­ticas. SegĆŗn Fundamedios, durante el primer aƱo de vigencia de la ley, la Supercom inició 136 procesos contra medios de comunicación e impuso sanciones en 42 casos.

El monto de las sanciones es otro mecanismo de censura y autocensura. La multa de US$90.000 a Bonil y El Universo —equivalente al 2% de la facturación de tres meses del diario— fue calculada con base en la ley. TambiĆ©n lo son los US$180.000 de la multa que podrĆ­a imponĆ©rsele a Bonil, porque la ley dicta que cada reincidencia se paga con el doble de la multa anterior.

La intolerancia frente a la crítica y el giro antidemocrÔtico parecen seguir esta progresión geométrica en el Ecuador actual. Para Romo y otros observadores, el punto de inflexión es la reforma constitucional que permitiría la reelección indefinida de Correa y que cursa actualmente en el parlamento, tras haber sido avalada por el Tribunal Constitucional.

Las olas de la probable sanción a Bonil se sentirÔn mÔs allÔ de Ecuador, porque el caso tiene dos aristas que aplican en otras partes. De un lado, la acusación inicial contra el caricaturista alegaba discriminación racial, porque el parlamentario Agustín Delgado es afroecuatoriano. Aunque Bonil no hacía ninguna alusión al color de la piel del retratado, el Gobierno y algunas organizaciones antirracistas sí lo hicieron en sus quejas. El artista reiteró públicamente que esa no era su intención y presentó excusas por la interpretación que se le podía dar a su caricatura. De ahí que el cargo que enfrenta mañana es haber discriminado por razones socioeconómicas (aunque, de nuevo, el dibujo era sobre un parlamentario en ejercicio). Todo lo cual reaviva el debate sobre el balance entre las importantes leyes contra la discriminación y sus riesgos para la libertad de expresión en América Latina.

De otro lado, a escasas semanas del atentado terrorista contra Charlie Hebdo en París, el caso Bonil recuerda que las amenazas contra la sÔtira y la libertad de expresión no vienen sólo de los violentos. Y que no hay que ir tan lejos para encontrar señales preocupantes de censura. No debe sorprender que el gobierno ecuatoriano hubiera decidido aplazar para mañana la audiencia contra Bonil, inicialmente programada para el 16 de enero, cuando daba la vuelta al mundo el #JeSuisCharlie. Por eso Bonil comparecerÔ con un gigantesco lÔpiz en la mano, mientras en las redes sociales circula el #YoSoyBonil.

Consulte la publicación original, aquí.

Powered by swapps
Scroll To Top