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Las políticas públicas en Colombia han tratado la migración y el cuidado como asuntos separados.

Las políticas públicas en Colombia han tratado la migración y el cuidado como asuntos separados. | Laura Patiño

Existe un vínculo inseparable entre migración, género y cuidado

Una nueva investigación de Dejusticia evidencia lo que significa ser mujer, migrante y cuidadora en Bogotá, para pensar en futuros posibles que permitan vivir los cuidados y las migraciones desde la libertad y los derechos humanos.

Por: DejusticiaMayo 29, 2026

Un hilo que parece invisible, pero que está ahí siempre, conecta el cuidado, el género y la migración. Así lo demuestra la nueva investigación de Dejusticia “Queremos vivir, migrar y cuidar en libertad: experiencias de mujeres migrantes cuidadoras en Bogotá”, que conoció de cerca la historia de 25 mujeres y 1 hombre que eligieron la capital colombiana como ciudad de destino y, en diferentes etapas de su proceso migratorio, han tenido responsabilidades de cuidado. La principal conclusión del estudio, que contó con el apoyo del programa MEG (Fortaleciendo la Política Migratoria Orientada al Desarrollo) de la Cooperación Alemana para el Desarrollo (GIZ), es que la experiencia de la migración está atravesada y moldeada por los trabajos de cuidado y que, a su vez, los cuidados se sostienen y se distribuyen debido a las dinámicas de la migración.


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El cuidado es un elemento esencial para sostener la vida y el funcionamiento de la sociedad. Cocinar, limpiar, criar hijos, cuidar personas enfermas o mayores, acompañar emocionalmente y garantizar el bienestar cotidiano son actividades indispensables para que la vida sea posible diariamente. Sin embargo, históricamente, estas actividades han sido invisibilizadas y poco valoradas, y han recaído de manera desproporcionada sobre las mujeres, especialmente sobre mujeres pobres, racializadas y migrantes, quienes las ejercen sin remuneración o en condiciones laborales precarias. 

En el caso de las mujeres migrantes, el cuidado atraviesa todas las etapas de su proceso  migratorio. Ellas suelen verse obligadas a dejar sus países de origen, porque no tienen las condiciones y los recursos para cuidar a sus familias. También cuidan durante el cruce de fronteras y cuando llegan a sus lugares de destino, donde incluso las labores de cuidado pueden aumentar ante la falta de redes e infraestructura para redistribuir estos cuidados. Sumado a esto, están las barreras propias de la migración, como las dificultades para acceder a un estatus migratorio regular y la falta de acceso a servicios. Lo anterior tiene impactos diferenciados en la vida de ellas, pues se afectan las posibilidades de desarrollarse personal y profesionalmente, acceder a trabajos en condiciones dignas y, en últimas, tener autonomía y libertad. 

La mayoría trabaja en la informalidad, en sectores como el trabajo doméstico, las ventas ambulantes, la cocina o el cuidado remunerado, con jornadas extensas, bajos ingresos y pocas garantías laborales. La investigación encontró que las mujeres migrantes cargan simultáneamente con el trabajo remunerado y con la mayor parte de las tareas de cuidado no remunerado. Muchas son madres cabeza de hogar, no cuentan con redes familiares de apoyo y deben resolver solas el cuidado de hijos, hijas, personas mayores o familiares enfermos. En varios casos, las mujeres entrevistadas relataron que deben dejar a sus hijos solos mientras trabajan, limitar su propia alimentación para priorizar la de sus familias o aceptar empleos precarios porque son los únicos compatibles con sus responsabilidades de cuidado. Según Migración Colombia, en comparación con los hombres migrantes, las mujeres tienen una menor participación en el mercado laboral formal y son quienes reciben en promedio una menor remuneración salarial por cada hora trabajada.


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Reflejo de esto es la rutina diaria de Marie, una mujer haitiana que llegó a Bogotá hace cuatro años, después de vivir más de una década en Venezuela. Todos los días se levanta a las 5:30 a.m. para preparar la comida de sus dos hijos, arreglar a la menor y salir con ella hacia la guardería antes de tomar un bus hasta la pescadería donde trabaja como cocinera. Intenta hacer doble turno para ganar un poco más de dinero y, al regresar a casa, continúa con las labores de cuidado: recoge a su hija, cocina, limpia, organiza el apartamento y deja todo listo para el día siguiente. Los fines de semana también trabaja y, como no tiene familiares cercanos ni apoyo del padre de sus hijos, debe dejar a los niños solos en casa, lo que le genera mucha angustia. A pesar de haber adelantado los trámites necesarios, Marie aún no cuenta con un estatus migratorio regular debido a demoras injustificadas de las autoridades. La imposibilidad de acceder a un trabajo formal por la falta de documentación afecta sus posibilidades de brindar cuidados de calidad y en condiciones dignas 

El informe también documenta los impactos emocionales y psicosociales de estas experiencias. Durante las entrevistas, muchas mujeres compartieron sentimientos de agotamiento, ansiedad, tristeza, culpa y burnout derivados de las cargas de cuidado, la precariedad económica y la incertidumbre migratoria. Varias describieron la experiencia de migrar como una tensión constante entre sostener a sus familias y sostenerse a sí mismas.

Las políticas públicas en Colombia han tratado la migración y el cuidado como asuntos separados. Mientras las políticas migratorias no consideran las responsabilidades de cuidado de las mujeres, las políticas de cuidado tampoco contemplan las barreras específicas que enfrentan las migrantes. Frente a ese vacío institucional, son las propias mujeres quienes sostienen la vida a través de redes informales, apoyos comunitarios y estrategias cotidianas para sobrevivir.

Por ello, la investigación de Dejusticia propone algunas recomendaciones, construidas junto a las mujeres participantes, principalmente venezolanas, pero también de Haití, Bolivia, República Democrática del Congo y Francia, que les permitan a instituciones y hacedores de política pública incorporar el enfoque de cuidado y género en las políticas migratorias, así como el enfoque de migración y género en las políticas sobre redistribución de los cuidados. 

Entre las principales recomendaciones del informe está la necesidad de articular las políticas migratorias y las políticas de cuidado. Dejusticia propone avanzar hacia mecanismos de regularización migratoria más amplios, accesibles y permanentes; eliminar barreras para el acceso a salud, educación y empleo formal; y garantizar que todas las mujeres migrantes, independientemente de su estatus migratorio, puedan acceder efectivamente a programas e infraestructuras de cuidado, como las Manzanas del Cuidado en Bogotá.

La investigación también recomienda incorporar un enfoque de género y cuidado en toda la política migratoria colombiana, fortalecer los apoyos psicosociales para mujeres migrantes cuidadoras y mejorar la recolección de información sobre mujeres migrantes de nacionalidades distintas a la venezolana, cuyas experiencias siguen siendo poco visibles en el país.

Además, el informe llama a reconocer el cuidado como un trabajo esencial que debe redistribuirse entre el Estado, el mercado, las comunidades y los hombres, y no seguir recayendo casi exclusivamente sobre las mujeres. Para las autoras, garantizar condiciones dignas para migrar, trabajar y cuidar implica no solo ampliar derechos, sino transformar las formas en que las sociedades sostienen la vida cotidiana.

El cuidado debe entenderse como un asunto central de justicia social y de derechos humanos. Es necesario reconocer que las mujeres migrantes sostienen no solo a sus familias, sino también amplios sectores de la economía y de la vida cotidiana, pese a hacerlo en condiciones profundamente desiguales.

Lee la investigación completa aquí

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