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En medio del ruido y la ansiedad electoral, debatir es un acto de cuidado público. | Ilustración: Juan José Restrepo

Debatir sin temer la controversia

El debate presidencial es uno de los pocos momentos en que las candidaturas deben salir del monólogo, responder preguntas, confrontar ideas y exponerse al escrutinio ciudadano.

Por: Adriana AbramovitsJunio 12, 2026

Colombia llega a la segunda vuelta presidencial con una paradoja: nunca habíamos tenido tantas plataformas para hablar de política y, sin embargo, los espacios donde las candidaturas pueden confrontar sus propuestas parecen cada vez más esquivos. 

Los dos candidatos que disputan la Presidencia, Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda, han llegado a esta etapa eludiendo un cara a cara que permita contrastar, en igualdad de condiciones, sus visiones de país. En una campaña atravesada por acusaciones cruzadas, estallidos de emociones digitales y cálculos estratégicos, la pregunta no es solo por qué no debaten, sino qué pierde la ciudadanía cuando la controversia se evita.

Un debate que urge, pero no ocurre

La discusión sobre los debates ha quedado atrapada en un dilema irónico: todos dicen querer debatir, pero el encuentro no ocurre. De la Espriella llamó “cobarde” a Cepeda; y por su parte Cepeda pidió a Caracol, RCN y RTVC organizar un debate presidencial con reglas y garantías. La invitación ha pasado por Revista Semana, organizaciones sociales independientes, e incluso por el creador de contenido Westcol, sin que hasta ahora se concrete. Además de las negativas, el debate también se ha enredado porque los propios candidatos quieren poner sus reglas: el formato, las condiciones previas y quiénes deberían participar.

El debate presidencial es uno de los pocos momentos en que las candidaturas deben salir del monólogo, responder preguntas, confrontar ideas y exponerse al escrutinio ciudadano. Pero para que ese ejercicio no quede atrapado en un espectáculo incendiario de ataques, quienes organizan debates tienen una responsabilidad crucial: crear condiciones para que la controversia ocurra con respeto y garantías. Para Élber Gutiérrez Roa, productor general de El Espectador, los debates son un “compromiso sagrado” con sus audiencias, al poder ofrecer información oportuna, verificada y contrastada para que las personas puedan evaluar y tomar decisiones sobre los temas que las afectan.

La ausencia de debates, sin embargo, no sorprende a Gutiérrez. Después de décadas cubriendo política, reconoce una lógica recurrente: quienes van arriba en las encuestas suelen evitar exponerse; quienes van atrás, suelen buscar el debate como oportunidad para crecer. El problema es que cuando las candidaturas privilegian el cálculo sobre el escrutinio, la ciudadanía queda con menos herramientas para decidir. Los foros, dice Gutiérrez, resultan más cómodos porque permiten hablar sin controvertir: una candidatura puede intervenir, retirarse y no cruzarse nunca con sus contradictores. El debate, en cambio, obliga a la confrontación de ideas.

Ahí está su valor: saca a los candidatos de los mensajes generales y los lleva a responder puntualmente por los problemas que atraviesan la vida de los colombianos. 

Debate: un simulacro de gobierno

A pocos días de la segunda vuelta, los y las colombianas seguimos sin escuchar a los dos candidatos dialogando sobre los grandes problemas del país y sus propuestas para solucionarlos. Para Diana Guzmán, directora de Dejusticia, entre los temas centrales sobre los que no los hemos escuchado está la desigualdad. Colombia sigue siendo uno de los países más desiguales del mundo, y quien llegue a la Presidencia tendrá que responder cómo piensa reducir esas brechas, qué propone para cerrar la distancia entre el campo y la ciudad, garantizar acceso a tierra, salud y educación, revisar el diseño del sistema tributario, atender la preocupación por la violencia y la seguridad, y enfrentar las desigualdades económicas y étnico-raciales.

Alejandro Lanz, codirector ejecutivo de Temblores ONG, agrega otra capa: un debate permite ver el temperamento de quien aspira a gobernar. A diferencia de otros formatos, sitúa a la candidatura sin asesores interviniendo, sin libreto y sin respuestas dictadas al oído. La expone a situaciones inesperadas. En ese sentido, un debate es “una suerte de simulacro de gobierno”, ya que permite observar cómo una persona argumenta bajo presión, cómo maneja el desacuerdo y qué tipo de liderazgo puede ejercer. Cuando los candidatos no asisten “no podemos ver ese simulacro. No sabemos cómo van a gobernar”.

Lanz también enfatiza en que los espacios de debate deben ofrecer garantías mínimas como la igualdad de condiciones, las reglas acordadas, la moderación imparcial, los tiempos equilibrados, la transparencia metodológica y el acceso amplio de la ciudadanía a la transmisión. Las candidaturas tienen derecho a saber a qué conversación se les convoca y los medios deben evitar las “encerronas”, pero conviene mirar con cuidado cuándo la supuesta falta de garantías se convierte en una forma de evitar el cuestionamiento público.

Para identificar cómo se ha movido la conversación sobre la falta de debates presidenciales en redes sociales, revisamos el informe de Linterna Verde, una organización que trabaja en la intersección entre tecnología, democracia y espacio cívico. En El debate sobre la falta de debates presidenciales: reclamos, justificaciones y desconfianza pública, la organización muestra que las redes han transformado la relación entre candidatos, medios y ciudadanía: Cepeda y De la Espriella han logrado comunicarse directamente con sus audiencias, “convirtiéndose en sus propios medios” y reduciendo su dependencia de escenarios tradicionales de confrontación. Esto les permite instalar narrativas propias sin exponerse del todo a preguntas incómodas, contradicciones o adversarios.

Sin embargo, en un ejercicio de participación ciudadana que realizamos desde Dejusticia en el espacio público, encontramos que, aunque los debates sean opcionales para las candidaturas, para la mayoría de ciudadanos de a pie son urgentes e indispensables. Es una lástima que en una elección tan decisiva, en la que las y los votantes piden más elementos para decidir, las campañas estén sepultando el encuentro.

Debatir antes de elegir

La historia electoral también muestra que los debates importan porque abren espacio a lo inesperado. Por ejemplo, en la campaña presidencial de 1994, Antonio Navarro, constituyente, exintegrante del M-19 y entonces candidato, llegó sin invitación a un debate entre Ernesto Samper y Andrés Pastrana. La reacción de Yamid Amat, quien moderaba el encuentro, fue una lección del oficio periodístico: no convirtió el episodio en escándalo ni perdió el control de la escena. Hizo una pausa y condujo la situación con calma. También tuvimos un histórico debate en el que Antanas Mockus se atrevió a decir algo impopular: que sí subiría impuestos, mientras los demás candidatos evitaban hacerlo para no perder popularidad, demostrando que no se cambiaría por las encuestas.

Allison Benson, directora del proyecto Reimaginemos, ubica la discusión en una transformación más amplia de la política contemporánea: la reducción de las conversaciones electorales a la persona. Aunque el personalismo no explica por sí solo la ausencia de debates (pues incluso en sistemas altamente personalistas estos ocurren), sí debilita la deliberación sobre propuestas y programas. La decisión electoral corre el riesgo de convertirse en un referendo a favor o en contra de una figura, y no en una conversación sobre agendas, capacidades y transformaciones posibles. “¿Cuándo se disoció el ganar con la agenda programática?”, pregunta. Si ganar se separa de proponer, si la campaña se separa del programa, la ciudadanía termina votando más desde el rechazo o la identificación que desde la evaluación de alternativas reales.

La conversación pública, además, ocurre dentro de un ecosistema digital que premia la emoción inmediata. Diana Guzmán nombra ese desafío como una disputa contra el algoritmo y contra cierta tendencia a privilegiar lo corto, lo reactivo y aquello que confirma prejuicios. Por eso propone una responsabilidad compartida entre campañas, seguidores, medios de comunicación, influenciadores y sociedad civil.

Entonces no se trata de acostumbrarnos a la pelea. De hecho se trata de no acostumbrarnos a esquivar la controversia, que es algo distinto. Sin contraste, la política se vuelve más opaca; sin preguntas difíciles, caeremos en las promesas sesgadas de nuestro algoritmo; sin conversación pública, el voto se acerca demasiado a un acto ciego de fe. Por eso insistir en los debates es urgente. En medio del ruido y la ansiedad electoral, debatir es un acto de cuidado público. Una manera de proteger la palabra, la diferencia y la imaginación colectiva frente a la tentación autoritaria y populista de reducir la política al miedo, la obediencia y el espectáculo.

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