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| Dejusticia

¿Será que el contenido que vemos es tan interesante como para permanecer tantas horas en línea? ¿El diseño de las redes sociales nos está produciendo algo parecido a una adicción?

¿Será que el contenido que vemos es tan interesante como para permanecer tantas horas en línea? ¿El diseño de las redes sociales nos está produciendo algo parecido a una adicción?

Nos aburrimos. Entramos a nuestras redes sociales. Vemos a nuestros amigos casándose, teniendo hijos, adoptando mascotas, corriendo su primera media maratón para superar la tusa. Cerramos la aplicación. Pasan 10 o 15 minutos y, como si algo sorprendente fuera a pasar en ese lapso, volvemos a abrir la aplicación. Vemos videos de recetas, cachorros corriendo, tutoriales de maquillaje, o a Punch, el mono, haciendo nuevos amigos. Volvemos a cerrar. Pasan 10 o 15 minutos… Y así un ciclo sin fin. ¿Será que el contenido que vemos es tan interesante como para permanecer tantas horas en línea? ¿El diseño de las redes sociales nos está produciendo algo parecido a una adicción?

El pasado 25 de marzo, un jurado de Los Ángeles, California, concluyó que la respuesta a esta última pregunta era afirmativa. Según su determinación, las redes sociales de Google y Meta generan adicciones y dependencia en menores de edad, y además las empresas son negligentes frente a estos efectos.

La decisión se dio luego de que Kaley, una joven californiana de 20 años demandara a Meta –Instagram–, Google –YouTube–, TikTok y Snapchat por incorporar intencionalmente diseños adictivos en sus plataformas, que la llevaron a su uso compulsivo desde la niñez. La joven alegó que este uso problemático le produjo afectaciones a su salud mental. Snapchat y TikTok resolvieron este asunto mediante un acuerdo extrajudicial, mientras que Google y Facebook siguieron adelante con este litigio, que terminó con su declaración de responsabilidad y con una condena de pago de tres millones de dólares por concepto de indemnización.

El fallo contribuye a la rendición de cuentas de las Big Tech y es relevante porque sienta un precedente útil para numerosos litigios similares que están gestándose en diferentes partes del mundo. Las conclusiones, sin embargo, no son nuevas. Desde hace años hay estudios que denuncian que los diseños adictivos de las plataformas pueden generar, en al menos una parte de los usuarios, alteraciones en el estado de ánimo, en el tiempo que dedican a sus actividades diarias, e, incluso, efectos psicológicos y físicos desagradables si dejan de utilizar las redes sociales.

El juicio ha dejado muchas joyas y documentos relevantes. Entre ellos destacan la compilación de estudios internos realizados por años, incluso por las mismas compañías, para conocer el impacto de sus productos y un impactante chat en el que un investigador de Meta advierte sobre los efectos adictivos de Instagram –”básicamente somos traficantes”– y explica cómo el uso de la plataforma está provocando un trastorno por déficit de recompensa, pues al cabo de un tiempo las personas usuarias dejan de sentir gratificación. La conversación señala además la negativa de las directivas de la compañía a enfrentar este problema:

«Sé que Adam [Mosseri, director de Instagram] no quiere oírlo —se enfadó muchísimo cuando hablé de la dopamina en mi revisión de los fundamentos para adolescentes—, ¡pero es innegable! Es biológico y psicológico… Las directrices impuestas desde arriba lo dirigen todo para asegurarse de que la gente siga volviendo por más. Eso estaría bien si fuera productivo, pero la mayoría de las veces no lo es… La mayor parte es solo desplazarse sin pensar y anuncios».

A pesar de que quisiéramos, no es tan sorprendente darnos cuenta que las Big Tech han sabido por muchos años que sus productos generan una especie de adicción en niñas, niños, adolescentes y adultos. En 2022, por ejemplo, Meta pagó por un estudio en que se entrevistaron y encuestaron a más de 1000 profesionales de la salud, de los cuales el 85% consideró que las redes sociales podrían generar adicciones. Quienes nos enganchamos con las redes, difícilmente las soltamos en algún momento de la vida.

Al final todo funciona como un ciclo. Se busca que niñas, niños y personas adultas permanezcamos más tiempo en nuestras redes sociales porque esa también es la forma de obtener más datos sobre nosotras. Luego, esos datos no solo se usan para publicitarnos productos o políticos, sino que se ha documentado que también se usan para fortalecer el diseño adictivo.

Entre los factores que pueden generar adicción destacan recomendaciones o notificaciones personalizadas, que se activan según nuestros comportamientos en línea. Otros son la validación social que nos producen los likes y la liberación de dopamina que con ellos se genera, los gráficos o sonidos estimulantes, invitarnos a cumplir metas, como no dejar de compartir mensajes diariamente en TikTok para mantener la racha y obtener insignias o “mascotas”.

El entorno digital se ha convertido en parte esencial de nuestras vidas, nos facilita expresarnos abiertamente, aprender y nos abre el mundo sin tener que tomar un avión. Cada vez queremos pasar más tiempo en línea. Sin embargo, el Estado necesita implementar las regulaciones que ya existen y buscar nuevas formas más integrales de impedir injerencias abusivas en nuestras mentes o diseños adictivos, como los que implementan las plataformas. Debemos exigirles responsabilidad y transparencia a las empresas tecnológicas; que estas rindan cuentas, cumplan –sin importar el tamaño del mercado del país– y que lo hagan de buena fe. Sólo así podremos también hacer nuestra parte y buscar nuestra autorregulación o uso responsable.

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