El desencuentro
Mauricio García Villegas Julio 29, 2026
Ese odio simétrico y complementario es, a mi juicio, lo que explica el desencuentro previsto para el día en el que uno sale de la Casa de Nariño y el otro entra. |
El presidente electo no se quiere posesionar en la Plaza de Bolívar, como lo manda la tradición, sino en una guarnición militar.![]()
El presidente electo no se quiere posesionar en la Plaza de Bolívar, como lo manda la tradición, sino en una guarnición militar.![]()
El presidente electo no se quiere posesionar en la Plaza de Bolívar, como lo manda la tradición, sino en una guarnición militar. Esta decisión, dicen sus áulicos, se justifica porque el nuevo mandatario quiere enviar el mensaje de que la autoridad estatal ha sido recuperada y de que, de ahora en adelante, no habrá territorios vedados para la presencia militar ni para el ejercicio de la autoridad presidencial.
Pero si De la Espriella se posesiona en una caserna también enviará otros mensajes, entre ellos el de que nuestra tradición civilista ha sido menoscabada. Como lo explica mi colega Rodrigo Uprimny en su columna de la semana pasada, si eso ocurre, no solo podremos tener un incremento de “la crispación política” sino una “militarización de la vida social”.
De otra parte, el presidente saliente ha dicho que no está dispuesto a recibir al nuevo mandatario ni a participar en una ceremonia en la que se vea obligado a darle la mano a su sucesor. Así pues, ambos están acompasados en la idea de no encontrarse el próximo 7 de agosto, lo cual es una consecuencia lógica de la manera como se han tratado últimamente, el uno llamando al otro criminal y este diciéndole ladrón al primero.
Ese odio simétrico y complementario es, a mi juicio, lo que explica el desencuentro previsto para el día en el que uno sale de la Casa de Nariño y el otro entra. No es la carga simbólica de la ceremonia, civilista o militarista, ni tampoco la ideología que los separa (o por lo menos no es solo eso) sino ese aborrecimiento recíproco que los lleva a no querer mirarse a los ojos, mucho menos a darse la mano o a intercambiar un saludo. Para ellos solo vale el cultivo individual, esmerado e incesante de la imagen envilecida del otro.
Dado que no se trata de una pelea de matones de barrio (aunque parece) sino de diferencias políticas entre dos presidentes de un país democrático, lo que queda en evidencia es que el furor de sus rencores es tal que no puede ser apaciguado por las instituciones que los ungen. Todo esto habla mal de la fuerza simbólica de nuestras instituciones y pone de presente que el talante caudillista de los dos políticos en cuestión vale más que su actitud democrática.
