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Existe la posibilidad de que la clase gerencial se solidarice verdaderamente con la clase trabajadora, clase de la cual, además, hace parte. Pero esa solidaridad le puede implicar perder varios beneficios. El dilema ético se puede resolver en favor de las mayorías.

Existe la posibilidad de que la clase gerencial se solidarice verdaderamente con la clase trabajadora, clase de la cual, además, hace parte. Pero esa solidaridad le puede implicar perder varios beneficios. El dilema ético se puede resolver en favor de las mayorías.

*Esta columna fue escrita en coautoría con Britney Katheryn Conde Contreras, pasante legal de Dejusticia

“Claro que hay una lucha de clases, pero es mi clase, la clase de los ricos, la que está librando esta guerra. Y la estamos ganando” : Warren Buffet, novena persona más rica del mundo.

En la esclavitud, existió una figura trágica que Malcom X se detuvo a analizar: el negro doméstico. No era un amo blanco (ni negro), sino otro esclavo. A cambio de precarios privilegios como vivir en la casa grande y recibir mejores alimentos, su función principal era vigilar, castigar y asegurar la sumisión de los esclavos del campo. El doméstico era, legalmente, idéntico a aquellos que vigilaba. Sin embargo, su supervivencia dependía de internalizar la mirada del amo y ejercerla con el mayor recelo. Fragmentaba la solidaridad de los oprimidos y demostraba que la única salida era volverse contra sus pares. No es que el doméstico fuera una persona malévola. De hecho, padecía enormes contradicciones éticas, a la vez que tenía que priorizar su propia vida. Pero su posición en el sistema lo obligaba a disciplinar a sus compañeros esclavizados. Era una pieza vital para el “buen” funcionamiento del sistema. Así también, en el sistema moderno, existe la clase gerencial. Trabajadores que, sin ser dueños de los medios de producción, tienen como función disciplinar al trabajador, y así mantener una descomunal acumulación de riqueza en manos de unos pocos.

Los miembros de esta clase gerencial defienden los intereses de los propietarios de los medios de producción. Lo hacen vigilando, confirmando que durante la jornada el trabajador produzca al máximo y descanse lo mínimo. Lo hacen ahorrando costos, que muchas veces implica pagar lo mínimo posible para que las utilidades sean máximas. El ahorro de costos también se hace despidiendo personas. Un desempleado más para mantener el margen de utilidad del empresario. Tanto en la esclavitud como en nuestro sistema la lealtad con el opresor puede ser «recompensada», creando un sistema de desconfianza mutua que se autoperpetuaba y hacía casi imposible una organización colectiva para la resistencia. Esto no menoscaba los dilemas éticos y las precariedades a las que, en ocasiones, también se enfrenta esta clase gerencial.

Caterine Liu, por ejemplo, señala que la genialidad del sistema es su capacidad de instalar al capataz, al doméstico, dentro de nuestra propia psique, transformando la coerción externa en autoexigencia. El sistema nos persuade de que la única forma de progresar es competir ferozmente contra nuestros pares. Liu lo describe como un mecanismo donde la clase está “fundamentalmente fragmentada por la competencia y el individualismo” y señala como la clase gerencial (PMC, por sus siglas en inglés) es “profundamente hostil a la idea de construir solidaridad entre los oprimidos». El compañero de trabajo deja de ser un aliado para convertirse en un obstáculo, fragmentando cualquier posibilidad de solidaridad de clase.

El sujeto dominado se transforma así en el agente más eficiente de dominación. La socióloga Barbara Ehrenreich explica que los individuos de esta clase gerencial no son dueños del capital, pero tampoco son el proletariado tradicional. La PMC son trabajadores asalariados «mentales» (gerentes, consultores, administradores, ingenieros) cuya función social es optimizar y controlar el trabajo de la clase trabajadora. Son, en efecto, los capataces modernos. Este análisis complementa perfectamente la tesis de Liu; si Liu describe el mecanismo psicológico (instalar al capataz en la psique), Ehrenreich describe la clase social que ejecuta esa lógica en la práctica.

Por supuesto, existe la posibilidad de que la clase gerencial se solidarice verdaderamente con la clase trabajadora, clase de la cual, además, hace parte. Pero esa solidaridad le puede implicar perder varios beneficios. El dilema ético se puede resolver en favor de las mayorías.

De interés: esclavitud

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