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IV Conferencia Internacional de Naciones Unidas sobre Financiamiento para el Desarrollo (FFD4)

IV Conferencia Internacional de Naciones Unidas sobre Financiamiento para el Desarrollo (FFD4) | EFE

“El compromiso de Sevilla” no debe quedarse en un papel

Lo que vimos y escuchamos en los foros previos —especialmente en el espacio feminista y de sociedad civil— nos dejó claro que la movilización desde abajo es clave.

Hace apenas unas semanas estuvimos en Sevilla (España), donde tuvimos el privilegio de participar en la IV Conferencia Internacional de Naciones Unidas sobre Financiamiento para el Desarrollo (FFD4). Del 30 de junio al 3 de julio de 2025, más de 150 países, representantes de gobiernos, bancos multilaterales, sector privado y sociedad civil nos dimos cita para formalizar juntos el llamado “Compromiso de Sevilla”,  un plan que busca reconfigurar cómo se financia el desarrollo por todo el mundo. 

Desde que llegamos, se sentía una tensión silenciosa pero constante. Sabíamos que algo no estaba bien. Según un informe reciente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), la ayuda oficial al desarrollo —es decir, el apoyo económico o en especie que los países más ricos brindan a los países más pobres— cayó a 212.100 millones de dólares en 2024. Eso representa una disminución del 7,1% respecto al 2023.

Pero lo más preocupante no es solo el número, sino la tendencia. Para 2025, se estima que diez de los principales países donantes de Europa —incluidos Alemania, Francia y Reino Unido— recortarán otros 18.000 millones de dólares. Incluso, la OCDE advierte que la ayuda total podría caer entre un 9% y un 17% entre 2024 y 2025. Y aunque estas cifras suenan abstractas, representan algo muy concreto: vidas en riesgo, derechos humanos vulnerados y oportunidades que desaparecen.

Por eso, lo que pasó en Sevilla no fue solo otra conferencia internacional. Fue una llamada de atención. Una oportunidad para levantar la voz y exigir que la solidaridad global no se convierta en una promesa vacía. Porque si no actuamos ahora, la brecha entre quienes tienen demasiado y quienes no tienen nada seguirá creciendo. Y con ella, la esperanza de un mundo más justo se volverá cada vez más lejana.

¿Qué propone el compromiso de Sevilla?

El documento final no es perfecto, le faltó ambición, pero creemos que es un avance. Resume seis líneas de acción clave para cambiar la forma en que se financia el desarrollo: primero se destaca la necesidad de democratizar su gobernanza, otorgando mayor poder de decisión a los países del Sur global, históricamente excluidos de los grandes acuerdos económicos.

También se plantea la urgencia de movilizar recursos de forma masiva y rápida, mediante el fortalecimiento del poder de inversión de los bancos multilaterales en áreas fundamentales como salud, educación, energías limpias y sistemas de cuidado.  

Otra prioridad es la reforma del sistema de deuda, con la creación de un Centro de Canje de Deuda por Desarrollo y cláusulas que permitan suspender pagos en situaciones de emergencia, junto con mecanismos de reestructuración más justos y transparentes. Sin embargo, es lamentable que no se haya incluido una convención marco de la deuda que aborde de manera estructural la prevención y resolución de deudas insostenibles e ilegítimas.

En el ámbito fiscal, se propone avanzar hacia una Convención Fiscal en el marco de Naciones Unidas, aplicar impuestos globales a la riqueza y combatir los paraísos fiscales. 

Finalmente, se enfatiza la necesidad de renovar la cooperación multilateral, involucrando al sector privado bajo reglas claras y consolidando un marco común de acción internacional que sea efectivo y transparente.

Aunque, con dichas propuestas, salimos con un documento importante bajo el brazo, no todo fue motivo de celebración.

Nos hizo falta una mención explícita y fuerte al rol de la sociedad civil. Las decisiones que afectan a nuestras vidas no pueden tomarse a puertas cerradas: quienes vivimos las consecuencias directas del sistema financiero global debemos estar en la mesa, proponiendo, evaluando, incidiendo.

También quedó una deuda pendiente en materia climática. En pleno 2025, no se logró avanzar en la eliminación de los subsidios a los combustibles fósiles, ni se reforzaron los compromisos de financiamiento climático. Y mientras eso ocurría dentro del recinto, afuera, Sevilla se sentía con temperaturas por encima de los 40 grados centígrados. La ciudad ardía —literalmente— y no era solo una metáfora. En un planeta cada vez más caliente, seguir postergando decisiones clave no es solo irresponsable: es una amenaza directa a nuestra supervivencia.

¿Y ahora qué? ¿Qué podemos hacer desde nuestras comunidades?

Regresamos a casa convencidos de que lo firmado en Sevilla puede ser un motor de cambio real: si los intereses de deuda bajan, pueden redirigirse recursos hacia escuelas, clínicas y atención comunitaria. Un impuesto a la riqueza o al lujo genera caja pública que puede financiar servicios esenciales. Una sanidad pública fortalecida empodera el derecho a la salud, no sólo como protección sino como base de bienestar. Los esfuerzos por reformar la deuda y democratizar instituciones financieras dan voz a quienes históricamente han sido excluidos.

Pero nada de esto se hará realidad por sí solo. El “Compromiso de Sevilla” no puede quedarse en un documento firmado: necesita convertirse en políticas, en vigilancia activa y en acciones concretas. Lo que vimos y escuchamos en los foros previos —especialmente en el espacio feminista y de sociedad civil— nos dejó claro que la movilización desde abajo es clave. Por eso, creemos que hay cinco pasos esenciales que debemos impulsar desde nuestros territorios y comunidades para que este compromiso global aterrice en cambios reales.

  1. Monitorear. Exigir que los compromisos se cumplan. ¿Se creó el Centro de Canje de Deuda? ¿Qué países firmaron la Convención Fiscal de Naciones Unidas?
  2. Adaptar. Traducir esos acuerdos globales en políticas locales: que los impuestos a grandes riquezas, por ejemplo, financien redes de cuidado comunitario.
  3. Articular. Unir fuerzas entre movimientos sociales, feministas, sindicatos, academia y gobiernos locales para exigir que lo global aterrice en nuestras realidades. 
  4. Visibilizar. Comunicar desde lo comunitario cómo estos cambios impactan la vida real. No se trata solo de cifras, sino de derechos, de futuro, de vidas.
  5. Impulsar procesos internacionales. Fortalecer propuestas como la Convención Marco para una Cooperación Fiscal en la ONU, que puede equilibrar el poder entre países ricos y pobres.

Sin recursos, no hay derechos

Sevilla nos dejó una enseñanza poderosa: las cumbres internacionales no cambian el mundo por sí solas, pero sí pueden marcar el camino hacia ese otro mundo que queremos construir. El cambio real no vendrá de los discursos ni de los compromisos firmados bajo reflectores. Vendrá si la ciudadanía organizada convierte esos compromisos en acciones concretas.

Porque lo que está en juego no son solo balances contables ni tecnicismos financieros. Lo que está en juego son derechos humanos: el derecho a la salud, a la educación, al agua, a vivir libres de violencia, al cuidado. Y sin financiamiento adecuado, esos derechos son apenas promesas vacías.

Sin recursos, no hay derechos. Los derechos humanos se garantizan con presupuestos, inversión pública y voluntad política. Por eso debemos adoptar el Compromiso de Sevilla, defendiéndolo en las calles, en los barrios, en las plataformas digitales y en nuestros propios espacios de incidencia. Porque los derechos humanos no se suplican: se exigen. Y para que existan, deben financiarse.

A ustedes, lectores, los invitamos a que se informen, exijan y se involucren. Porque Sevilla no debe quedarse en papel. Nos toca convertirla en una realidad equitativa, democrática y participativa para esta y futuras generaciones. 

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