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El nacionalismo y otros viejos demonios
Por: Juan Manuel Caycedo, Mauricio García Villegas | Diciembre 12, 2025
En las últimas dos décadas hemos visto un recrudecimiento del nacionalismo, con profundas implicaciones para la democracia, el mantenimiento del derecho internacional y la paz mundial. En este escrito sostenemos que cuando el sentimiento nacional se exacerba, se convierte en nacionalismo, del cual los líderes populistas se aprovechan con el apoyo de las herramientas tecnológicas. Así, explicamos primero las distintas manifestaciones del sentimiento nacional, para lo cual nos apoyamos en las explicaciones dadas por Isaiah Berlin; después, ilustramos cómo el nacionalismo se ha fortalecido desde el siglo XIX hasta hoy; y, por último, mostramos por qué los cambios tecnológicos abruptos agitan los nacionalismos y las implicaciones que esto tiene para los derechos humanos y la estabilidad del planeta.
Del sentimiento nacional al nacionalismo
Desde los orígenes de la especie humana el vínculo tribal ha ofrecido cohesión, seguridad e identidad colectiva. Como señala Yuval Harari en Sapiens, la pulsión de querer formar parte de un “nosotros” ha sido crucial para la cooperación y la supervivencia. A medida que los asentamientos humanos se hicieron más grandes y estables, con estructuras organizativas cada vez más amplias, el sentimiento nacional se ha ido desplegando en tres formas de intensidad ascendente: la identidad nacional o conciencia nacional, el patriotismo y el nacionalismo.
La conciencia nacional es el sentido de pertenencia a una nación; nace de saberse parte de un grupo humano, con una lengua, cultura e historia compartidas, que generalmente ha ocupado un mismo territorio a lo largo de los años. El patriotismo es una forma hinchada de la conciencia nacional, en la que no solo se es consciente de que se pertenece a una nación, sino que se considera que la nación a la que se pertenece es mejor que todas; en Notes on Nationalism, por ejemplo, George Orwell define el patriotismo como la devoción por un lugar y una forma de vida particular que uno cree las mejores del mundo. El nacionalismo, por último, no es simplemente una forma moderna del impulso primitivo del sentimiento nacional, sino una forma patológica, cargada de resentimiento y agresividad destructiva. Expresiones de ello son el fascismo en la Italia de los años veinte y el nacionalsocialismo en la Alemania de los treinta.
El nacionalismo, según Berlin, tiene cuatro rasgos centrales: está fundamentado en la idea de que las personas no pueden entenderse como individuos aislados, sino como miembros de un grupo (nación); ve a la nación como un organismo vivo, con necesidades y fines que deben cumplirse, incluso si eso significa ir en contra de valores universales como la justicia o los derechos humanos; defiende que lo propio tiene valor no necesariamente porque sea bueno o justo, sino porque es “lo nuestro”; y cree que los intereses de la nación propia deben imponerse —incluso por la fuerza, si es necesario— sobre los de las demás. Esta “doctrina consciente”, como la llama Berlin, tiende a justificar el rechazo a lo distinto, la hostilidad hacia otros pueblos y el desprecio por cualquier idea que no se ajuste a la identidad nacional. Berlin no niega que la necesidad de pertenecer sea real y humana, pero advierte que cuando ese deseo se convierte en una exigencia absoluta, puede volverse peligroso.
Del nacionalismo al populismo
El nacionalismo se alimenta de la percepción colectiva de haber sido humillado, ignorado o amenazado por otros. Sin embargo, dice Berlin, necesita de algo más, pues en la historia hay muchos casos de pueblos, con una conciencia nacional fuerte, que no respondieron con un fervor nacionalista ante la derrota o la ocupación: esa no fue, continúa Berlin, la reacción de los persas frente a los griegos, ni la de los griegos frente a los romanos, ni la de los budistas frente a los musulmanes, por no hablar de otras conquistas e invasiones a lo largo de los siglos. En otras palabras, el orgullo herido es una condición necesaria para el surgimiento del nacionalismo, pero no todo pueblo herido lo desarrolla.
El primer nacionalismo moderno surgió en Alemania (o, mejor, en lo que hoy llamamos Alemania), y fue también allí donde alcanzó sus consecuencias más extremas en el siglo XX. Sus raíces, sin embargo, van mucho más atrás. Berlin ubica los primeros brotes en el cisma luterano, y luego en la derrota de los principados alemanes durante la Guerra de los Treinta Años, a manos de los ejércitos de Luis XIV, que consolidó a Francia como la gran potencia del continente. Más tarde, en el siglo XVIII, mientras los franceses celebraban la razón, la ciencia y el progreso, los pueblos alemanes, con frecuencia subyugados por los franceses, empezaron a reivindicar lo propio: sus costumbres rurales, su espiritualidad, su conexión con la tierra. Lo que para otros era atraso, para ellos se convirtió en una virtud. Así nació una idea de nación basada en la diferencia, en la defensa de lo local frente a lo universal, que le fue abriendo paso al avance del populismo.
Al principio, la reacción de los alemanes fue más estética que política. Pensadores como Herder y Moser defendieron las raíces populares, la lengua, las tradiciones, y todo aquello que expresaba lo más profundo del carácter supuestamente único del pueblo alemán. Este nacionalismo, con visos de populismo, fue más bien tranquilo y estuvo enfocado en proteger lo propio, pero eso cambió con la llegada de Napoleón. La derrota militar destruyó la imagen ideal que los alemanes habían empezado a construir de sí mismos, y lo que había nacido como afirmación cultural, se convirtió en un nacionalismo dolido, indignado y cada vez más agresivo. A lo largo del siglo XIX, esa energía se fue cargando de resentimiento, y el nacionalismo dejó de ser una simple defensa de lo propio para volverse una exigencia de reconocimiento, poder y revancha. Con el ascenso del nacionalsocialismo al gobierno en 1933, Alemania terminó por establecer un régimen con nefastas consecuencias, como es bien sabido; buscaba no solo recuperar todo aquello que, en su opinión, le habían quitado y negado, sino que el mundo reparara su orgullo herido, sometiéndose y reconociéndola como una nación superior a todas las demás.
El populismo es una ideología que apela a un líder que encarna la voluntad de un «pueblo», aquejado por un malestar creciente, para sobrepasar las élites tradicionales y las instituciones establecidas en aras de la consecución de fines supuestamente mayores. El nacionalismo y el populismo van de la mano, pero no son la misma cosa. El primero es un sentimiento; el segundo, una de las formas posibles de darle cabida a ese sentimiento.
La percepción que tiene un grupo de haber sido ofendido es un detonante del nacionalismo, pero también es algo que los regímenes populistas aprovechan, inculcan o exageran para movilizar a la población, debilitar las instituciones democráticas y entronizar al líder supremo. Eso se puede ver en los tiempos actuales: Vladimir Putin, por ejemplo, alude al sentimiento de pérdida que dejó el colapso de la Unión soviética y el rencor causado por las ínfulas de superioridad moral adoptadas por Occidente ante ese colapso; la lucha de los Ucranianos por su independencia, del otro lado del conflicto, es también, y con mejores motivos, una lucha por la dignidad impulsada por el resentimiento contra los rusos; El presidente chino Xi Jinping suele aludir en sus discursos a los “cien años de humillación del pueblo chino”; Benjamin Netanyahu se remonta con frecuencia al tiempo mítico de la Biblia para decir: “nunca olvidaremos lo que Amalec nos hizo”; Víctor Orbán, el primer ministro húngaro, centra su política en querer “recuperar el país, su autoestima y su futuro”. Algo similar ocurrió en las revoluciones de la primavera árabe y por supuesto en las luchas del pueblo palestino agobiado por el asedio genocida israelí.
El malestar de las democracias actuales está dando lugar a salidas populistas que, eventualmente, pueden convertirse en conflictos nacionalistas de orden planetario.
Nacionalismo y tecnología
Los cambios tecnológicos, como el sentimiento de humillación, pueden alimentar el nacionalismo, y algo de eso es lo que ha estado pasando en las últimas décadas. La tecnología digital ha cambiado nuestra manera de relacionarnos, acelerando las comunicaciones, aumentando exponencialmente la información, todo lo cual ha traído beneficios inmensos para el mercado, el Estado y la vida cotidiana de los individuos. Es difícil imaginar un mundo sin esas ventajas. Pero los costos de esa tecnología son altos y ahora empiezan a ser más evidentes que nunca: la adicción a los aparatos celulares, la depresión de los adolescentes por el tipo de relacionamiento virtual que domina entre ellos, la pérdida del sentido de lo real, de lo valioso, de lo importante. A esto se agrega un peligro evidente para la democracia: la gente vota por lo que ve en las redes sociales, con contenidos cada vez más emocionales, radicales y extravagantes (que son los que privilegia el algoritmo), con lo cual el resultado de las elecciones puede favorecer a un líder desaforado, con gran visibilidad (por su extremismo o su extravagancia), pero que no representa la voluntad de las mayorías, que suelen ser más moderadas y razonables. En esas condiciones, con una tecnología que privilegia lo emocional sobre lo racional y la algarabía sobre la conversación, los líderes populistas tienen un terreno abonado para prosperar y para destruir la democracia.
El impulso primitivo del sentimiento nacional se ha manifestado históricamente como una conciencia de pertenencia a una nación, que en sí misma no es ni buena ni mala, pero que puede transformarse en un sentimiento más intenso como el patriotismo, o, cuando un pueblo ha sido humillado y su orgullo ofendido, en un nacionalismo agresivo, explotado por líderes populistas que obtienen réditos políticos mientras alimentan una espiral de violencia. El riesgo de hacer el tránsito de un sentimiento pacífico a uno agresivo, y de una situación de instituciones estables a otra en la que se derrumban, se ha acrecentado en las últimas décadas: primero, por el creciente malestar actual con la política tradicional, y segundo, por la tecnología digital, que privilegia lo emocional y lo excesivo sobre la ciencia y lo razonable.
Es cierto que esto puede parecer una fatalidad, pero no lo es; la sociedad civil tiene la posibilidad de resistir frente al nacionalismo y sus aliados tecnológicos, y hay formas concretas de hacerlo. Una es adoptar una postura individual más crítica: no asumir que la tecnología digital es inherentemente positiva y ser capaces de cuestionar sus promesas; lo mismo cabe frente a los políticos mesiánicos que proclaman los verbos ‘recuperar’ o ‘salvar’. Otra es abogar por una concepción cosmopolita del mundo, que supere las fronteras nacionales y favorezca un sentido más amplio de ciudadanía global. También nos corresponde exigir una regulación más estricta, de alcance supranacional, sobre las empresas tecnológicas. Hay mucho más por hacer, pero estos son puntos de partida para enfrentar los viejos demonios nacionalistas, que tanto daño causaron en el pasado y hoy amenazan nuestro presente.
