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Enmanuel Toruño recuerda con nostalgia las navidades en Cedeño, uno de los lugares con mayor vulnerabilidad al cambio climático en Honduras. Luego de migrar a Estados Unidos y ser deportado, regresa a casa en busca de esperanza. | Archivo particular

«Mi primera navidad de regreso a casa»

Enmanuel Toruño volverá a tener una navidad en Cedeño, costa sur de Honduras, de donde tuvo que migrar por cuenta del cambio climático.

Por: Mariana Escobar RoldánDiciembre 23, 2025

Las navidades de Enmanuel Toruño en Cedeño, una aldea turística al sur de Honduras, frente al océano Pacífico, eran en la casa familiar, muy cerca a la playa. Había torrejas, dulces, tamales, sándwiches, frutas y arroz relleno. Afuera, reventaban fuegos artificiales y se escuchaba la música de los salones de baile que vibraban cerca. Los 10 cuartos para vacacionar que tenía su madre estaban repletos, y no faltaban clientes en la ramada donde la familia vendía pescado frito y mariscos. 

Pero algo cambió desde 2015. La erosión costera, que ya venía anunciándose con fuertes inundaciones años atrás, terminó por cubrir la vida costera de Cedeño. La Escuela de Enmanuel quedó sepultada, también el campo de fútbol donde jugaba con sus amigos, la estación de policía, la plaza central, los muelles por donde acariciaban las olas, la guardería que tenía su madre y el laboratorio de procesamiento de larvas de camarón donde trabajaba su padre. 

En Cedeño, el mar ha consumido 1.5 kilómetros de playa y el 95% de las familias tiene al menos a un miembro que ha tenido que migrar. Aunque la CIDH publicó una resolución sobre movilidad humana inducida por el cambio climático, y a pesar de que la Corte Internacional de Justicia emitió una opinión consultiva histórica en la que declara el cambio climático como una amenaza que los Estados deben prevenir, el Estado de Honduras no ha impulsado una normativa que garantice una reubicación digna e integral para quienes han resultado afectados por las marejadas en Cedeño. 

Migrar por cuenta del cambio climático

En Cedeño, los jóvenes tienen tres opciones: ser pescadores, trabajar en turismo o migrar. Era 2022, y Enmanuel, de 20 años, trató de imaginar su futuro allí. Con el agua y la arena sepultando todo lo que un día fue próspero, no era sencillo. Por eso, en julio de ese año, empacó tres pantalones, cinco camisas, un par de zapatos y su partida de nacimiento, y comenzó una travesía de mes y medio para llegar hasta Texas, Estados Unidos. 

Llegó a un pequeño pueblo cerca a Dallas, donde ya estaban dos de sus hermanos. Por tres años trabajó de sol a sol en la construcción y reparación de tejados. Había dinero para enviarle a sus padres, pero los días no eran tan felices como en los buenos tiempos de Cedeño. Le hacían falta sus amigos, su familia, el clima, el pescado frito y las navidades. 

Las navidades que pasó en Estados Unidos eran muy frías. Permanecía encerrado en casa de su hermana, con alguna cena, intercambio de regalos y una película de nieve, chimeneas y otras escenas muy lejanas para un centroamericano. “A las 12, todo el mundo a dormir. Nos salíamos ni compartíamos con nadie más”, recuerda. 

Volver a casa

Este año, Enmanuel volverá a tener una navidad en Cedeño, aunque no por voluntad. El 18 de septiembre, a eso de las 5:30 de la mañana, cuando iba de camino al trabajo con su hermano, integrantes del ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EE. UU.) los detuvieron y los llevaron por 53 días a un centro. Luego, los deportaron a Honduras atados con cadenas, como si fueran delincuentes, y apenas con la ropa que llevaban en septiembre. 

Cuando llegó, en noviembre, Enmanuel encontró a Cedeño hecha escombros. Cuando se fue, la casa familiar donde pasaban las navidades estaba en pie y rodeada por vecinos. Ahora, solo hay agua y arena. De hecho, tuvieron que irse a otro lugar de la aldea donde deben pagar arriendo, mientras su papá pesca y su mamá vende comida de mar a los pocos turistas que llegan. Esta situación la comparten decenas de aldeanos que hoy exigen una reubicación y relocalización urgente, digna e integral, pues se prevé que 2030 vendrá con escenarios especialmente críticos para Cedeño. 

“Ver esto así me trae mucha nostalgia, recuerdos. Pero contra la naturaleza uno no puede hacer nada. Viéndolo bien, si en tres años pasó todo esto, tal vez no me queden muchas navidades en Cedeño, tal vez el mar se lo trague todo. Por eso esta navidad quiero vivirla plenamente. Al menos estoy aquí, entero; me podré sentar a la mesa con los míos, comer al menos un tamal y platicar y reirnos. Esa, tal vez, es mi navidad perfecta”, concluye Enmanuel.

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