Las grietas de Venezuela que ya estaban allí
Dejusticia Julio 24, 2026
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Las grietas físicas se juntaron a las que ya estaban ahí: las que genera un Estado ausente, que defrauda a su pueblo y permite que, 27 años después, el mismo lugar sufra otra tragedia, dejando a más de 40 mil desaparecidos y quién sabe realmente cuántas personas sin vida.![]()
Las grietas físicas se juntaron a las que ya estaban ahí: las que genera un Estado ausente, que defrauda a su pueblo y permite que, 27 años después, el mismo lugar sufra otra tragedia, dejando a más de 40 mil desaparecidos y quién sabe realmente cuántas personas sin vida.![]()
Algunas de las grietas que dejaron los sismos del 24 de junio en Venezuela son nuevas: hay más de mil edificios afectados, entre damnificados o completamente destruidos. Los escombros hacen parte ahora del paisaje de Caracas y, sobre todo, de La Guaira. Sin embargo, estas se suman a las que ya estaban allí, grietas no necesariamente físicas que el terremoto hizo aparentes.
Ser venezolano es, ya hace algunos años, vivir entre grietas simbólicas y reales: la de la precariedad económica, con un país que ya hace mucho produce por debajo de su capacidad, aun teniendo una de las mayores reservas de petróleo del mundo; la de la migración, cuando 8 millones de personas salieron del país debido a las barreras para construir un proyecto de vida digna; la del aislamiento, con un país víctima de sanciones y bloqueos de la comunidad internacional; y ahora, las grietas que dejaron dos terremotos de 7.2 y 7.5.
Mi papá regresó a Venezuela hace dos meses, aunque ya se había resistido a hacerlo, luego de pasar más de un año y medio afuera (no siendo la primera vez que salía, además). Con la supuesta apertura económica que prometía la captura de Nicolás Maduro, mucha gente se ilusionó con la posibilidad del alivio de las sanciones, de un crecimiento económico y de prosperidad, aunque para alcanzarla el costo fuese la pérdida de soberanía nacional. Mi papá fue uno de ellos. Volvió con la esperanza de recobrar la prosperidad que un día lo sacó de la pobreza en Venezuela, que le permitió darnos a mí y a mis hermanos una vida digna y con oportunidades, que le permitió soñar. «Es que mi lugar es Venezuela», decía. A veces me costaba creer que alguien pudiese tenerle tanta fe a un país que le daba tan pocos motivos objetivos para tenerla.
La Guaira siempre fue especial para nosotros: mi papá vivió allá muchos años, le encantaba el mar. Es el estado costero que separa a Caracas del mar por una cordillera de montañas. Allá pasamos parte de nuestras infancias mis hermanos y yo: bajando a La Guaira y comiendo en El Caracol, que tenía un pollo a la parmesana que era particularmente bueno para ser un restaurante frente al mar; durmiendo en casa de mis primos en Playa Grande; jugando en la piscina del edificio al que nos mudamos cuando, después de años de pobreza, mi familia alcanzó una mejor calidad de vida. Ese edificio, como centenares de otros en La Guaira, ya no existe. Pero no se fue sin pelea. Es que esta no es la primera tragedia que vive el estado: hace 27 años, un diciembre, La Guaira vivió un deslave que destruyó gran parte de la ciudad: la Tragedia de Vargas. El estacionamiento del edificio se llenó de agua, pero allí quedó. Al igual que durante los terremotos, allí estaba mi papá. En ese entonces, aunque no quedó atrapado, tardó días en volver a casa mientras cruzaba los escombros de lodo y piedras que dejó el deslave. Veintisiete años después, también lleva días sin aparecer, pero, esta vez, atrapado entre los escombros de los que se salvó en el 99.
No nos queda claro exactamente qué pasó. Algunos dicen que estaba comiendo en una panadería mientras veía el partido de Brasil. No es tan fan del fútbol, pero Brasil fue el lugar que nos acogió cuando migramos, así que era inevitable conectarse. Otros dicen que simplemente tomaba un café o caminaba por la calle. Veintisiete años después, a pesar de todo, allí estaba, en La Guaira, el lugar que tanto amaba y donde tanto construyó, a dos días de tomar un vuelo para reencontrarse con mi hermana después de diez años sin verla. Otra consecuencia de esas grietas que ya estaban ahí.
Es imposible intentar darle explicaciones a este tipo de cosas: ¿por qué en este momento? ¿por qué cuando él estaba allí? Que el terremoto hubiese dejado grietas era inevitable. Que hayan sido tan profundas, no. Porque las grietas físicas se juntaron a las que ya estaban ahí: las que genera un Estado ausente, que defrauda a su pueblo y permite que, 27 años después, el mismo lugar sufra otra tragedia, dejando a más de 40 mil desaparecidos y quién sabe realmente cuántas personas sin vida. Muertes que podrían haberse evitado si el Estado le tuviese la fe que mi papá le tenía o tiene, a Venezuela. Quizá es lo que falta para empezar a cerrar las grietas que seguirán allí. Las que vemos, y las que no.
