
"Detrás de cada impuesto hay una decisión política". | EFE
Lo que pesa en el carrito: la historia oculta de los impuestos «neutrales»
Por: Diana Esther Guzmán Rodríguez, Mariana Matamoros | Octubre 10, 2025
Cada sábado por la mañana, Tatiana repite el mismo ritual: toma su libreta, revisa lo que queda en la alacena y hace cuentas para ver cuánto puede gastar en el mercado. Vive con sus dos hijos y con su madre, que ya es adulta mayor. Trabaja medio tiempo en una fábrica de ropa, donde gana apenas un salario mínimo. El resto del día lo dedica al trabajo de cuidado: cocina, limpia, cuida a su madre y ayuda a los niños con las tareas del colegio. Como millones de mujeres en el mundo, Tatiana realiza un trabajo de cuidado que es esencial para que todo funcione, pero que no recibe salario, reconocimiento ni descanso. Este trabajo sostiene hogares, comunidades y hasta la economía. Sin embargo, no suele reconocerse su existencia y valor.
Ese sábado en el supermercado, Tatiana recorre los pasillos como si caminara una cuerda floja. Necesita jabón para lavar la ropa, limpiador de pisos, bolsas para la basura y productos para desinfectar el baño. También cereales y algunos confites que los niños adoran, frutas y algo de verduras. Pero el dinero no alcanza para todo. Termina dejando el limpiador en el estante. “Otro día”, se dice.
Lo que Tatiana no sabe, y lo que muchas personas tampoco ven, es que parte de lo que encarece estos productos son los impuestos al valor agregado (impuestos creados por consumir bienes y servicios). Estos impuestos parecen ser iguales para todas las personas. Teóricamente, son neutrales. Pero en la práctica, imponen cargas distintas a las personas.
La neutralidad del sistema tributario y el trabajo de cuidado
Cuando se habla de impuestos, pocas veces se piensa en personas como Tatiana. Los sistemas tributarios pretenden ser eficientes, neutrales y tener equilibrio presupuestal. Y, sin embargo, cada decisión sobre qué productos pagan impuestos, cuánto y por qué, tiene un impacto directo en la vida de personas como Tatiana.
La llamada “neutralidad tributaria” ha sido durante mucho tiempo un ideal dentro de la política fiscal. En palabras simples, significa que los impuestos no deberían alterar las decisiones económicas de las personas o las empresas. Que no deberían favorecer ni castigar ninguna actividad en particular. Solo recaudar, sin intervenir.
Pero, ¿qué pasa cuando ese ideal de neutralidad ignora las desigualdades? ¿Qué sucede cuando trata igual a quienes son profundamente distintos en condiciones y cargas?
Los impuestos al consumo (que se aplican a productos como los de limpieza, higiene o alimentos procesados) afectan con más fuerza a los hogares de ingresos bajos, donde cada moneda cuenta. Y si esos hogares están sostenidos por mujeres cuidadoras como Tatiana, el efecto se amplifica. Porque ellas no sólo consumen, sino que sostienen.
No hay neutralidad cuando la base del sistema tributario descansa sobre quienes hacen posible la vida de otros, sin apoyo ni compensación. El trabajo que hace posible que todo funcione (cuidar del hogar, cocinar, limpiar etc.) aunque no siempre se vea ni se valore, es también el que menos respaldo tiene. Así, lo que parece ser una norma «neutral» en realidad perpetúa injusticias que afectan a quienes más aportan al bienestar común. Para una mujer que cuida sola a su familia, hace malabares para comprar lo básico y no tiene ingresos estables, las cargas tributarias que implican pagar el IVA de los productos que compra para su familia son mayores que para alguien con un salario alto que puede pagar ayuda en casa y elegir qué comprar sin preocuparse por el precio.
Frente a este panorama, muchas políticas tributarias han comenzado a incorporar intencionalidades que rompen con esa falsa neutralidad. Por ejemplo, los impuestos al tabaco o al alcohol buscan desalentar su consumo por razones de salud pública. O los incentivos fiscales para vehículos eléctricos buscan promover la sostenibilidad ambiental. En estos casos, el Estado usa los impuestos no solo para financiarse, sino también para orientar ciertos comportamientos. Por eso, la ruptura de la neutralidad no es un error, sino una herramienta para lograr metas que benefician al conjunto de la sociedad.
¿Por qué no diseñar sistemas tributarios que reconozcan el valor social del cuidado?
Tatiana no necesita una clase de teoría económica. Pero sí necesita (como tantas otras) que su esfuerzo cotidiano deje de estar invisibilizado. Que el precio de lavar una casa no recaiga solo sobre su espalda. Que el sistema deje de tratar como “neutrales” decisiones que, en su caso, son sobrevivencia.
La historia de Tatiana es común. Y por eso mismo, debe ser el punto de partida de cualquier reflexión fiscal con enfoque de derechos. Porque detrás de cada impuesto hay una decisión política. Y detrás de cada decisión, una vida que se ve afectada.
Existen propuestas concretas destinadas a reconocer la importancia de considerar desigualdades de género y el trabajo de cuidado dentro de las políticas públicas a nivel nacional e internacional. Por ejemplo, en términos tributarios, Tatiana se podría beneficiar de exenciones de impuestos a productos de cuidado personal y del hogar, acceder a medidas de devolución de impuesto como el IVA por gastar en bienes básicos y que la empresa donde trabaja Tatiana cuente con descuentos tributarios por políticas de flexibilidad laboral.
Mientras tanto, el Estado puede fortalecer las encuestas de uso del tiempo, implementar marcadores con de género en las declaraciones tributarias que permitan analizar quienes tienen mayores cargas en el recaudo, propender por licencias parentales iguales, reconocer semanas de cotización para la pensión de las cuidadoras e invertir en guarderías, atención a adultos mayores y personas con discapacidad o en las manzanas de cuidado que se implementan en Bogotá D.C desde 2020, para que mujeres como Tatiana pueda acceder a servicios gratuitos de autocuidado, formación, capacitación y atención y recreación para personas dependientes.
Revisar el principio de neutralidad tributaria no es un debate técnico, sino una discusión ética: ¿Beneficia a Tatiana? ¿La perjudica? ¿Cómo se puede diseñar un sistema que no sólo funcione, sino que le ayude a Tatiana en el cuidado de su hogar? y no se sienta excluida de las políticas fiscales. Hoy, en un mundo donde la desigualdad crece y mujeres como Tatiana con pocos ingresos y grandes responsabilidades, no podemos darnos el lujo de seguir hablando de neutralidad porque no la hay.
La verdadera eficiencia fiscal está en corregir las desigualdades desde el diseño mismo del sistema. Y eso empieza por mirar con otros ojos el carrito de compras de Tatiana, y preguntarnos qué tan justo es un impuesto que encarece la vida de quienes ya lo dan todo para sostenerla.
