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En Colombia, garantizar el reconocimiento de la identidad de género de las personas trans y no binarias dentro del propio procedimiento de refugio sigue siendo un reto pendiente. | EFE

Tres fronteras, una sola vida: la lucha de tres mujeres trans migrantes en Colombia

La transfobia, la irregularidad migratoria y la discriminación estructural se superponen en la vida de las mujeres trans migrantes, dejándolas fuera del acceso a salud, trabajo, vivienda y protección legal.

Por: Lina Arroyave, Néstor HernándezJunio 25, 2026

Dejar atrás quien se supone que debe ser, la familia, el lugar de origen y hasta la vida que otros decidieron, es la historia de muchas mujeres trans que huyen para salvarse y poder ser. No es solo migrar,  es romper con todo lo impuesto para sostener la propia existencia. Sofía, Oriana y Alexa comparten esa historia, a quien conocimos en diferentes momentos y lugares en Bogotá, Colombia.

Sus vidas están atravesadas por fronteras que no aparecen en los mapas, pero que deciden casi todo. La primera es la del cuerpo, ese límite impuesto por una sociedad que vigila, cuestiona y castiga sus identidades trans. La segunda es la territorial, marcada por la huida de Venezuela, el tránsito incierto y la llegada a Colombia, donde deben reconstruirse desde cero cargando el peso del desarraigo. La tercera es la del estatus irregular, una línea invisible que condiciona cada paso y limita el acceso a derechos. 

Hoy, más de 2,8 millones de personas venezolanas han hecho de Colombia su lugar para vivir, resistir y sobrevivir, en medio de una crisis prolongada que ha deteriorado profundamente sus condiciones de vida. Pero esa cifra queda corta cuando se trata de entender lo que viven las personas LGBTIQ+, y más aún, lo que enfrentan las mujeres trans, cuyas voces encuentran la manera de decir: aquí estoy, aquí sigo, porque mi vida vale tanto como la de quien nunca tuvo que cruzar una frontera.

Primera frontera: el cuerpo

Antes de cruzar territorios, ellas tuvieron que cruzar los límites sobre cómo expresarse mediante sus cuerpos. Una frontera que no es natural, sino construida por una sociedad que define rígidamente qué significa ser hombre o ser mujer, asignando roles, comportamientos y apariencias que se esperan cumplir sin cuestionamientos. Para las personas trans, habitar su identidad implica atravesar esa línea impuesta, desafiando normas que buscan disciplinar el cuerpo y su expresión de género. Ese cruce no es solo simbólico: conlleva riesgos, violencias y exclusiones en contextos donde lo diferente es constantemente vigilado, juzgado y castigado. Así, antes de cualquier desplazamiento geográfico, ya han vivido un desplazamiento interno, una ruptura con las expectativas sociales que marca profundamente sus trayectorias de vida. 

Sofía creció escuchando que debía esconderse, que ser “así” no estaba bien. Aguantó miradas, burlas y golpes hasta que decidió ser quien es, sin pedir permiso. Ese momento fue su liberación y, al mismo tiempo, el principio del fin de su vida en Venezuela.

Oriana también lo vivió así: “Cada vez que intentaba expresarme, el mundo me silenciaba con burlas o golpes, aprendí a sobrevivir en silencio, hasta que ya no pude más”.

Y Alexa recuerda: “Desde niña supe que algo en mí no encajaba con las expectativas del mundo”. En su comunidad, ser diferente no solo era motivo de rechazo, sino de peligro.

Estas experiencias no son aisladas. Según el Observatorio Venezolano de Violencias LGBTIQ+, solo en 2023 se documentaron 461 casos de violencia contra personas LGBTQ+, 235 discursos discriminatorios, 160 incidentes discriminatorios, y 50 delitos basados en prejuicios, también se han registrado 137 transfemicidios entre 2008 y principios de 2024.

Para las personas trans, el cuerpo se convierte en una frontera profundamente vigilada y disputada, desde el nacimiento, sus cuerpos son nombrados y definidos por otros bajo expectativas que no corresponden con su identidad, lo que las pone constantemente en tensión entre quiénes son y lo que la sociedad insiste en ver. Lo diferente de su experiencia es que habitar el cuerpo implica desafiar activamente esas imposiciones: no solo se trata de expresarse, sino de reclamar el derecho a existir en sus propios términos. 

En ese proceso, el cuerpo deja de ser únicamente un espacio de vida para convertirse en un territorio donde se negocia la identidad y la dignidad, cada gesto de afirmación —desde el nombre hasta la forma de presentarse— puede ser leído como una transgresión, exponiéndolas a cuestionamientos, rechazo o violencia. Por eso, cruzar esa frontera no es solo un proceso íntimo, sino también un acto visible que, en muchos contextos, las obliga a desplazarse en busca de espacios donde puedan vivir con mayor libertad y sin miedo.

Segunda frontera: el territorio

Migrar, en sus historias, nunca fue una elección libre. Fue un acto de supervivencia.

La huida de Venezuela marca un antes y un después. Para millones de personas, Colombia representa la posibilidad de volver a comenzar, pero también un territorio donde deben reconstruir sus vidas desde cero, cargando con el peso del desarraigo y enfrentando múltiples barreras estructurales en el acceso a vivienda, trabajo y servicios básicos.

Alexa lo recuerda:“El camino era largo, fangoso y frío. Recuerdo haber llorado, sin saber si de miedo o de alivio”. Cruzar la frontera fue dejar atrás su vida, incluso su nombre, para empezar de nuevo.

Al cruzar la frontera, la realidad golpea fuerte. Sofía lo cuenta: “Llegué a Cúcuta sin nada, sin papeles, sin saber qué sería de mí. Dormí varias noches en la calle”. Como ellas, muchas mujeres trans migrantes atraviesan la precariedad, la exclusión y la violencia en cada etapa del camino.

En medio de todo eso, también aparecen otras formas de sostener la vida. Otras mujeres trans, organizaciones y espacios comunitarios se convierten en refugio cuando no hay nada más. Alexa expresa: “Encontré apoyo, encontré libertad… espacios donde las mujeres trans podemos ser nosotras mismas, y podemos existir sin miedo”.

Porque si algo también deja la migración, es la certeza de que nadie sobrevive sola. Cuando una tiene hambre, otra comparte. Cuando una cae, otra la levanta. Y cuando una logra avanzar, lo hace también por todas.

Tercera frontera: la irregularidad

Si hay una frontera que atraviesa todos los aspectos de sus vidas, es la del estatus migratorio irregular.

No tener documentos no es solo un problema administrativo. Es una condición que determina si pueden trabajar, acceder a salud, alquilar una vivienda o denunciar una agresión. Es vivir en un limbo constante, donde cada decisión cotidiana está condicionada por la falta de reconocimiento oficial.

En Colombia, aunque existen avances legales importantes —como el  Decreto 1227 de 2015 que reconoce el derecho de las personas trans a cambiar su nombre y género en documentos oficiales—, estas garantías no siempre se traducen en acceso real a derechos para quienes están en situación migratoria irregular. Muchos trámites requieren primero tener un estatus regular, dejando a quienes huyen en un limbo.

Los mecanismos y los procesos para solicitar protección internacional suelen ser lentos y difíciles de sostener, dejando a muchas personas en situación irregular incluso después de años de permanencia. Esta espera se convierte en otra frontera: una que no se cruza caminando, pero que mantiene los derechos en suspenso. En Colombia, garantizar el reconocimiento de la identidad de género de las personas trans y no binarias dentro del propio procedimiento de refugio sigue siendo un reto pendiente.

Sofía lo resume: “No tengo papeles y mi situación no está resuelta, pero tengo algo que nadie me puede quitar: mi dignidad y mi esperanza”. Oriana lo describe: “A veces siento que vivo entre dos fronteras: la del país que dejé y la del país que aún no me reconoce”.

La discriminación estructural se suma a la condición migratoria, profundiza la exclusión de estas mujeres en el acceso a derechos fundamentales como el trabajo, la salud, la vivienda y la protección frente a las violencias. Regularizarse no es solo obtener un documento: es dejar de vivir a medias, poder existir sin miedo, con la certeza de que la ley respalda quién eres.

Entre la invisibilidad y la resistencia

Y aún así ellas resisten.

Alexa comenta: “Ser una mujer trans migrante en Colombia no es fácil, pero hay algo que he aprendido en este país: no necesito permiso para existir”.  Una afirmación que cobra aún más peso en un país como Colombia donde la transfobia sigue siendo alta y, en demasiadas ocasiones, se traduce en violencia. 

Ellas cada mañana, al ponerse sus zapatos antes de salir a trabajar, no solo caminan por sí mismas, sino por todas las que aún no han podido hacerlo. Porque la resistencia no siempre se mide en grandes gestos: a veces es levantarse, preparar un café y recordarse que sobrevivir también es un acto de valor. Y aunque las barreras no desaparecen, algo sí cambia cuando se tienen redes: otras mujeres que cuidan, que acompañan, que recuerdan que no se está sola. Eso es lo que ningún informe logra capturar: la fuerza de la comunidad y de la resiliencia compartida.

Sofía lo recuerda cada día: “Cada mañana me preparo el café y me digo: ‘Sobreviviste, Sofía, lo lograste’”. Oriana al levantarse se ve al espejo y se reafirma: “Yo existo, yo resisto, y esta historia también es mía”. Y Alexa, con esperanza y orgullo, sostiene: “Soy como el café por la mañana: fuerte, cálida e indispensable”.

Son mujeres trans venezolanas desplazadas, las tres en situación irregular, pero con una certeza que nadie les podrá arrebatar: existir es su forma más profunda de resistencia. Aunque dejaron una frontera atrás, aún cargan con otras: la irregularidad migratoria, la discriminación y la invisibilidad institucional.

Y aun así, aquí están. Firmes. Resilientes. Y sabiendo que, incluso sin papeles, sus vidas valen lo mismo que cualquier otra.

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