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In contrast to the majority of countries that want a treaty that guarantees the right to the free access to information in Latin America, Colombia has done everything in its power to make the instrument simply a declaraton of principles without teeth.

In contrast to the majority of countries that want a treaty that guarantees the right to the free access to information in Latin America, Colombia has done everything in its power to make the instrument simply a declaraton of principles without teeth.

La semana pasada, durante la segunda ronda de negociación de un acuerdo para AmĆ©rica Latina y el Caribe que garantiza los derechos de acceso a la información, participación, y justicia en asuntos ambientales, Colombia se pegó un tiro en el pie. Contrario a la mayorĆ­a de los paĆ­ses que quieren un tratado con obligaciones claras, el gobierno ha hecho lo posible para que el instrumento sea una mera declaración de principios sin dientes. De lo que no se ha dado cuenta es que con esta postura se aleja cada vez mĆ”s de su objetivo de entrar a la OCDE y de mostrarse como un paĆ­s ā€œverdeā€ en las negociaciones de cambio climĆ”tico que se llevarĆ”n a cabo en ParĆ­s. 

Para quienes no saben, que seguramente son la mayorĆ­a, Colombia lleva mĆ”s de dos aƱos en este proceso, coordinado por la Comisión Económica para AmĆ©rica Latina y el Caribe (CEPAL). La idea de esta negociación es volver obligatorio el ā€˜Principio 10’ de la Declaración de RĆ­o que establece que ā€œel mejor modo de tratar las cuestiones ambientales es con la participación de todos los ciudadanos interesadosā€. Y que, ā€œen el plano nacional, toda persona deberĆ­a tener acceso adecuado a la información sobre el medio ambiente…, incluida la información sobre las actividades que encierran peligro en sus comunidadesā€. Asimismo, establece que deberĆ” ā€œproporcionarse acceso efectivo a los procedimientos judiciales y administrativosā€.

Con un acuerdo de este tipo tendrĆ­amos una herramienta de derecho internacional (como la que tienen los paĆ­ses europeos) para exigir, entre otras cosas, el cumplimiento de consultas populares en temas que afecten el medio ambiente, las audiencias pĆŗblicas para el otorgamiento de licencias ambientales y la publicidad de la información de empresas extractivas, mecanismos que actualmente encuentran bastante resistencia por parte del gobierno y las empresas. 

Por ello, que Colombia estĆ© participando en este proceso deberĆ­a ser motivo de esperanza, pues es un paso en el camino correcto hacia un modelo económico mĆ”s balanceado, que le permitirĆ­a a los ciudadanos y a los municipios participar en definir el tipo de desarrollo que quieren. AdemĆ”s, si lo que se busca en un eventual postconflicto es una paz desde los territorios es vital darles voz, y esta es una forma ideal para hacerlo. 

Sin embargo, la posición del gobierno deja mucho que desear; y es equivocada y poco estratĆ©gica frente a objetivos mayores. 

Colombia es uno de los pocos paĆ­ses que ha evitado que el acuerdo que se negocie sea vinculante. En las intervenciones que presenciamos hace una semana, quedó claro que el gobierno no tiene mucho interĆ©s en garantizar estos derechos a travĆ©s de un tratado y que quiere que los compromisos acordados sean lo mĆ”s light posible. Por ejemplo, no quiere ā€œgarantizarā€ la participación sino solo ā€œpromoverlaā€. Y pide limitarla a la mera ā€œintervenciónā€ en la toma de decisiones ambientales y no a la ā€œincidenciaā€ en las mismas. Esta diferencia es fundamental pues marca la sutil lĆ­nea entre una participación meramente formal y una participación efectiva. 

Como si fuera poco, el gobierno también ha insistido en cambiar las reglas del proceso de negociación del acuerdo. Hasta ahora, el proceso ha sido transparente y horizontal, permitiendo que cualquier persona interesada pueda hablar de tú a tú con los estados. Tan novedosa ha sido esta metodología, que el relator de Naciones Unidas para el Medio Ambiente lo ha puesto como ejemplo para otras negociaciones. Sin embargo, incomodo con tanta participación de la sociedad civil, el estado colombiano ha propuesto limitarla a su mínima expresión, irónicamente, en un tratado sobre acceso a la participación e información.

El gobierno no ha explicado por quĆ© le tiene miedo a un tratado vinculante que proteja con mĆ”s fuerza estos derechos. PodrĆ­a pensarse que temen que mayor participación de la comunidad o obligar a las empresas a hacer pĆŗblica la información, pueda desincentivar la inversión extrajera especialmente de las industrias extractivas, que son las consentidas del Presidente por ser las locomotoras de su plan de desarrollo. Sin embargo, un anĆ”lisis mĆ”s profundo de la situación muestra que dicho miedo es tanto infundado como miope. 

Si fuera cierto que aumentar la participación de las comunidades y las entidades territoriales en las decisiones sobre medio ambiente o facilitar el acceso a la información de las empresas frenara la inversión extranjera, Chile y PerĆŗ –los principales paĆ­ses exportadores de minerales en la región- no estarĆ­an empujando vehementemente por un tratado vinculante. Pero ademĆ”s, la creación de espacios en donde se les dĆ© voz a las comunidades, ayudarĆ­a a atenuar los conflictos socioambientales, lo que harĆ­a mĆ”s atractivo el paĆ­s para la inversión. 

Asimismo, al oponerse a un tratado vinculante, el gobierno se estÔ pegando un tiro en el pie frente a su objetivo de entrar a la OCDE. En la evaluación de esta organización una de las materias en las que peor le fue al país fue en la ambiental, entre otras razones por no garantizar el derecho a la participación suficientemente. Por eso, apostarle a un tratado regional sobre derechos relacionados con el medio ambiente, es una oportunidad de oro para subir la calificación. Pero la actitud del gobierno colombiano es una expresión mÔs de su miopía y torpeza ambiental.

La reticencia del gobierno en este proceso tambiĆ©n indica que no se ha percatado de que estĆ” borrando con el codo lo que he hecho con la mano. Si bien iniciativas como EITI y la ley de acceso a la información son un avance en materia de transparencia y pueden ayudar a construir la imagen de un estado mĆ”s ambientalmente consciente en la COP de cambio climĆ”tico que empieza el próximo mes en ParĆ­s, oponerse al tratado regional emite una seƱal contraria. 

Pero ademÔs, el gobierno tampoco ha visto que para construir la paz territorial que tanto pregona, un elemento esencial es permitirles a esas regiones y comunidades tener una voz efectiva en la toma de decisiones que los afecten ambientalmente, como la explotación minera o petrolera, y garantizar el acceso a la información sobre dichas actividades. De lo contrario, vamos a sustituir un conflicto por otro.

Afortunadamente, las negociaciones regionales no han finalizado. Colombia aĆŗn estĆ” a tiempo de corregir su miopĆ­a y apostarle a un tratado que proteja con mĆ”s fuerza los derechos de acceso a la participación, información y justicia en materia ambiental. 

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