Dangerous populations
Mauricio GarcÃa Villegas October 4, 2012
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One of the most hateful practices of the authoritarian regimes it of punishing someone for the simple fat of belonging to a social group considered dangerous for the regime. Students in military dictatorships, homosexuals in islamic theocracies or the black in the Apartheid are only some of the most visible examples. This practice is founded in an ideology that is known as penal peligrosism, prescribed since the beginnings of the XIXth century, but that we are still far away from having banished from the occidental democracies, as the social composition of the prison population shows. Here, I want to speak about about a type of peligrosism that is rarely mentioned, but that still persists and progresses. I mean the discriminatory way how countries treat immigrants when they enter and leave their frontiers.![]()
One of the most hateful practices of the authoritarian regimes it of punishing someone for the simple fat of belonging to a social group considered dangerous for the regime. Students in military dictatorships, homosexuals in islamic theocracies or the black in the Apartheid are only some of the most visible examples. This practice is founded in an ideology that is known as penal peligrosism, prescribed since the beginnings of the XIXth century, but that we are still far away from having banished from the occidental democracies, as the social composition of the prison population shows. Here, I want to speak about about a type of peligrosism that is rarely mentioned, but that still persists and progresses. I mean the discriminatory way how countries treat immigrants when they enter and leave their frontiers.![]()
Yo mismo tenÃa esa actitud. Pero cambié de opinión hace poco, luego de haber sido vÃctima de ese mal trato. Aquà cuento lo que me ocurrió:
Desde hace catorce años estoy afiliado a la Universidad de Wisconsin como profesor e investigador y por ese motivo voy allà con alguna frecuencia. Este año, como en años anteriores, fui invitado a dictar un seminario. Para hacer el cuento corto, cuando llevé los papeles a la Embajada para sacar la visa (una visa especial que ya he obtenido en ocasiones anteriores y que es diferente de la visa de turismo, la cual poseo desde hace más de treinta años) me dijeron que no me podÃan dar la visa en ese momento y que mi solicitud debÃa pasar por un proceso administrativo en Washington. No me dieron razón alguna de por qué se iniciaba ese proceso, ni me dijeron cuánto podÃa demorar.
De nada valieron las peticiones de mis colegas en los Estados Unidos ante la Embajada de su paÃs en Bogotá, ni siquiera una carta enviada por la senadora Tammy Baldwin, de Wisconsin, abogando por una solución rápida de mi caso. Todo fue inútil.
En medio de los múltiples problemas que me ocasionaba esta incertidumbre (no los voy a aburrir contándoles esos problemas, pero créanme, fueron muchos), al cabo de dos meses de espera, sin saber qué iba a pasar, tomé la decisión de cancelar mi curso y de no viajar.
El proceso administrativo duró tres meses y medio, al cabo de los cuales me informaron que podÃa pasar a recoger mi visa en la Embajada y que la razón por la cual me habÃan investigado era por tener un homónimo (en lÃos con ellos, supongo yo). Peor aún, me informaron que en el futuro, cuando pida una nueva visa, seguiré teniendo el mismo trato.
TodavÃa no salgo de mi asombro: que el paÃs con los mejores sistemas de información del mundo no sea capaz de resolver este problema elemental (distinguir entre dos personas que tienen el mismo nombre) cuando tienen las huellas digitales (en mi caso desde hace décadas) me parece algo increÃble.
No conozco los detalles del proceso que me adelantaron en Washington. Pero estoy seguro de que nada de eso me habrÃa ocurrido si yo fuera, digamos, un ciudadano español, italiano o incluso peruano, al cual le hubiese salido un homónimo delincuente. La embajada de los Estados Unidos (otras muchas hacen lo mismo) clasifica a los extranjeros según el grado de peligrosidad que representen para su paÃs y, de acuerdo con eso, decide qué hacer cuando aparece un homónimo. Cuando esto sucede con un colombiano, se prenden las alarmas y el sospechoso es objeto de una investigación exhaustiva, como me ocurrió a mÃ.
Las polÃticas que aplican las embajadas están respaldadas por el principio de la soberanÃa de los paÃses, pero eso, en un mundo cada vez más globalizado e interconectado, no les quita el carácter peligrosista que tienen estas polÃticas. Lo único que esto indica es que los paÃses democráticos desarrollados discriminan a ciertos extranjeros de manera similar a como los paÃses autoritarios discriminan a ciertas grupos de poblaciones.
El tamaño de esta discriminación es enorme. Cada vez es más numerosa la población emigrante en el mundo. Cerca de 200 millones de personas viven en un paÃs que no es el suyo. Esa población flotante no tiene ciudadanÃa, sus derechos son limitados y casi nadie aboga por ellos. Las injusticias que se cometen contra esta población son innumerables e invisibles. Claro, no todos los miembros de esa población padecen la arbitrariedad de las embajadas de la misma manera. Es a las personas que vienen de paÃses cuya población es considerada como peligrosa (allà estamos los colombianos en primera lÃnea, con los afganos, los libios y otros tantos) a los que les va peor.
Pero hay algo más. Buena parte de la etiqueta de peligrosos que tenemos los colombianos nos la hemos ganado por causa del narcotráfico, que es el resultado de una polÃtica (la de la prohibición de las drogas) diseñada e implementada por los Estados Unidos. Sin la prohibición de las drogas no existiera no tendrÃamos la criminalidad que tenemos y en consecuencia desaparecerÃa el estigma que tenemos de población peligrosa. No existe la prohibición de las drogas por el hecho de haber mucho narco peligroso, sino que existe mucho narco peligroso por el hecho de existir esa prohibición. Asà pues, los Estados Unidos nos discrimina por una situación que ellos mismos ayudaron a crear.
El Gobierno de Colombia deberÃa tener el coraje suficiente para criticar la discriminación de la cual somos objeto los colombianos que pretendemos ir a los Estados Unidos (somos millones) o por lo menos, si no es capaz de hacer eso, si no tiene las agallas para decirle eso al gobierno de los Estados Unidos, deberÃa tener la dignidad de poner en tela de juicio de manera clara y contundente la polÃtica de prohibición de las drogas (impuesta desde los Estados Unidos) a ver si nos quitamos este estigma de población peligrosa que tenemos encima.
Pero me temo que no hará ninguna de las dos cosas.
