Where are these so-called monsters born?
Ana Jimena Bautista December 9, 2016
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We refuse to believe that a “normal” person can become a perpetrator capable of raping and brutally murdering a girl, impaling a woman or burning her body with excessive cruelty.![]()
We refuse to believe that a “normal” person can become a perpetrator capable of raping and brutally murdering a girl, impaling a woman or burning her body with excessive cruelty.![]()
The frightening case against Yuliana SambonĂ, the Cauca, yanacona girl that has shaken the country this week, reminds us of other cases like that of Dora Lilia Gálvez, a brutally assaulted, “disciplined” lesbian woman murdered in the city of Buga in early December; the feminicide against MarĂa del Rosario PabĂłn, a teacher from Bogotá, murdered with a gun by her partner in the town of Engativá in September after having asked for help from the District for domestic violence; and further back in time, the case of Rosa Elvira Cely, a poor woman, a head of household, murdered in the heart of Bogotá, raped and impaled at the hands of a man who had an arrest warrant for violent carnal access against two of his stepdaughters, whose mother he beat.
Pensamos en los perpetradores y afirmamos que “son monstruos”, “anormales”. Nuestra primera reacciĂłn es negar la humanidad de los sujetos que cometen tales atrocidades. Nos negamos a creer que una persona “normal” pueda convertirse en un victimario capaz de violar y asesinar brutalmente a una niña, empalar a una mujer o quemar su cuerpo con sevicia. SĂ, tienen que ser monstruos, porque de lo contrario, el violador puede ser mi papá, mi hijo, mi vecino, mi amigo, mi hermano.
Al mismo tiempo que miramos con temor a esos monstruos, asesinos, violadores, y rogamos nunca toparnos con uno de ellos, nos reĂmos o hacemos chistes que denigran a las mujeres y a las personas homosexuales; “no es tan grave”, nos repetimos, “es solo un chiste”. Entre chiste y chanza tambiĂ©n dejamos pasar impávido al amigo de la fiesta al que vemos abusar de una mujer y justificarlo diciendo que estaba tomada: “quiĂ©n la manda a pasarse de tragos”. Tampoco reprobamos al compañero de la universidad o del trabajo, carismático y exitoso, que acosa a otra compañera; no vale la pena afectar la hoja de vida y el futuro profesional de un joven inteligente y prometedor, podemos dejar pasar una situaciĂłn que seguramente no se va a volver a repetir. No cuestionamos a nuestros padres por enseñar a burlarnos de los hombres que “actĂşan como mujeres” o de las mujeres que no son “tan femeninas”.
Nuestra cotidianidad está plagada de chistes que “no son tan graves”, de justificaciones constantes a violencias injustificables y de pactos de silencio que tácitamente hacemos las personas “normales” para que esos supuestos hechos aislados no salgan a la luz. No confrontamos a quien hace el chiste, no hablamos del amigo abusador, no reprobamos el acoso. Solo silencio. Un silencio que mantiene los privilegios de quienes ejercen la violencia, pues pueden seguir haciĂ©ndolo sin restricciĂłn social alguna y sin miedo a perder su prestigio en un entorno que minimiza la gravedad de sus acciones. Esos “monstruos” a quienes tanto les tememos son hijos de nuestro silencio, de nuestra complicidad tácita. Son hijos de nuestra sociedad.
La crueldad de los hechos contra Yuliana, Dora Lilia, MarĂa del Rosario y Rosa Elvira, logrĂł que estos casos fueran visibles en medios de comunicaciĂłn, salieran del silencio cotidiano en el que se producen este tipo de violencias, y fueran ––en mayor o menor medida–– objeto del repudio social. Sin embargo, de acuerdo con Profamilia, la violencia de gĂ©nero afecta al 74 por ciento de las colombianas (Ends 2010). Y segĂşn el Instituto Nacional de Medicina Legal ––sin contar el subregistro–– cada 13 minutos una mujer es vĂctima de violencia, cada cuatro dĂas una mujer es asesinada a manos de su pareja, y más de 51 mujeres en 24 horas son vĂctimas de violencia sexual. De manera paralela, la impunidad en este tipo de casos es alarmante. Solo a manera de ejemplo, de acuerdo con la Mesa de Seguimiento a los Autos de la Corte Constitucional sobre Violencia Sexual, la impunidad en este tipo de conductas supera el 97%, y de acuerdo con datos de la FiscalĂa General de la NaciĂłn, la impunidad en casos de feminicidio ronda el 90%.
Cuando ocurren tales acontecimientos horrendos, la primera respuesta es pedir un durĂsimo castigo para los perpetradores, tal y como ocurre con las propuestas de avalar la cadena perpetua, o de impulsar su castraciĂłn quĂmica. Sin embargo, si se observa el marco jurĂdico vigente en Colombia para este tipo de casos, encontramos que ante este tipo de crĂmenes es posible la aplicaciĂłn de sanciones severas, y que existen medidas importantes en materia de prevenciĂłn y protecciĂłn para las vĂctimas. Algunas de las principales normas al respecto son la ley 294 de 1996 sobre violencia intrafamiliar, la ley 1257 de 2008 para prevenir y sancionar las violencias contra las mujeres, la ley 1719 de 2014 para garantizar el acceso a la justicia de las vĂctimas de violencia sexual y el cĂłdigo penal. Pese a esto, la impunidad sigue siendo estructural, y lo que es más preocupante, no hemos logrado que la ocurrencia de estos crĂmenes se reduzca de manera significativa.
Las leyes que tenemos son fuertes y están en vigor, pero no se cumplen entre otras razones porque su aplicaciĂłn tambiĂ©n está mediada por la cultura, y por deficiencias investigativas, en especial cuando el agresor es una persona desconocida. Por esto, y aunque es necesaria la aplicaciĂłn de todo el rigor del derecho penal para tramitar estos casos, e incluso estudiar si estamos ante casos de pedofilia que requerirĂan un tratamiento interdisciplinario, debemos ––sobre todo–– enfrentar el problema desde una de sus principales raĂces.
¿Qué hacer con los pactos de silencio y los comportamientos cotidianos que legitiman y reproducen la violencia en razón del género? ¿Por qué no confrontamos a quien hace el chiste sexista? ¿Por qué en lugar de culpar a la persona abusada no culpamos al abusador? La violencia en razón del género nos interpela directamente a cambiar nuestros comportamientos cotidianos; nos cuestiona sobre qué estamos haciendo mal y qué podemos hacer para no reproducir estereotipos dañinos, para no legitimar un contexto de violencia que silenciosamente aceptamos y que opera con impunidad.
Para entender las violencias contra las mujeres y las niñas, es necesario comprender cĂłmo se usan para perpetuar la subordinaciĂłn de lo que se ha considerado tradicionalmente femenino, disciplinar a quienes no cumplen con el mandato de la heterosexualidad, y cĂłmo se intensifican en las personas más vulnerables. Para poder subvertir dicho orden, hay que cuestionar las relaciones de poder que de allĂ emergen. Si no está claro dicho engranaje, lo que ocurriĂł con Yuliana, Dora Lilia, MarĂa del Rosario, Rosa Elvira, y tantas otras, será leĂdo como hechos aislados, manzanas podridas de la sociedad, verdaderos monstruos que no tienen ninguna relaciĂłn conmigo.
Hasta el momento una de las mejores herramientas que tenemos para emprender dicha tarea y crear condiciones de igualdad ha sido el enfoque de gĂ©nero, tan fuertemente cuestionado en los Ăşltimos meses. Hoy, si algo nos demuestran los casos de Yuliana, Dora Lilia, MarĂa del Rosario y Rosa Elvira, y otras miles de mujeres y niñas anĂłnimas, es la necesidad e importancia de aplicar dicho enfoque en nuestras polĂticas pĂşblicas y legislaciones, pero, principalmente, en nuestra cotidianidad en donde reproducimos prácticas discriminatorias.
